Poder Femenino
Liberada para encontrarme
Patricia González comparte cómo las últimas palabras de su madre se convirtieron en una invitación a romper patrones, salir de un entorno que apagaba su esencia y comenzar un profundo proceso de libertad, terapia y reencuentro consigo misma.
“Por favor, aléjense de donde no son felices. No repitan mi historia”, dijo mi madre días antes de fallecer.
Mi madre fue una mujer admirable, profundamente amada por su familia y apreciada por muchas personas. Era fuerte, fiel y leal; devota del amor de Dios y de ayudar al prójimo. Durante años mantuvo la esperanza de que las personas podían cambiar, pero poco a poco esa esperanza fue apagando parte de su esencia.
Al inicio de la pandemia llegó la despedida más dolorosa para una hija.
Mi madre pasó muchos años esperando sentirse elegida, amada, respetada, priorizada, cuidada, protegida y reconocida por el hombre a quien amó profundamente. También vivió humillaciones, golpes e infidelidades durante más de cuarenta años.
Su historia refleja una realidad con la que muchas mujeres pueden identificarse.
Vivimos en sociedades atravesadas por sistemas familiares, culturales, sociales y religiosos que, en distintos contextos, han enseñado a muchas mujeres a ser sumisas, soportar y guardar silencio frente a distintas formas de violencia con la idea de conservar unida a la familia o mantener una imagen de perfección frente a los demás.
Las palabras que mi madre pronunció al final de su vida se convirtieron en una llave para sus hijos e hijas.
“Aléjense de donde no son felices.”
Nos sorprendieron profundamente, porque durante muchos años ella había defendido la idea de que la familia debía permanecer unida pase lo que pase.
Sus hijas nunca fuimos perfectas, pero tuvimos conversaciones intensas con ella porque cuestionábamos lo que veíamos y lo que habíamos aprendido. Para nosotras, mantener una familia unida a costa del dolor, el miedo y la disfuncionalidad no podía significar bienestar para nadie.
Con los años, mi madre comenzó a mirar su propia historia de una manera diferente.
Después de múltiples consultas médicas y recaídas de salud, un profesional le habló de depresión crónica. Como familia, relacionamos ese proceso con una vida marcada por años de sufrimiento, silencio y abandono. Hubo momentos en los que expresaba estar profundamente cansada y sin deseos de seguir adelante.
Durante los últimos años de su vida atravesó un importante proceso de introspección.
Y de ese proceso quedó para nosotros una enseñanza que jamás olvidaré:
teníamos permiso para elegir una vida diferente.
Nos dio la libertad de reconocer cuándo un lugar, una relación o una forma de vivir estaba apagando nuestra luz.
El día que decidí escucharla
Le tomé la palabra a mi Tony, como muchos la conocían.
Desde afuera, probablemente parecía que yo tenía todo. Tenía una familia y, para muchas personas, eso podía ser razón suficiente para permanecer.
Pero yo ya no reconocía a la mujer que había sido.
Había dejado de ser aquella mujer sonriente, positiva y de espíritu libre. Me fui perdiendo poco a poco mientras entregaba demasiada importancia a otras personas.
Desde muy joven tomé decisiones creyendo que así tendría todo lo que necesitaba. Di demasiado de mí y terminé sintiéndome vacía, cansada de intentar demostrar mi valor para sentirme correspondida.
Entonces comprendí algo difícil:
estaba repitiendo la historia de mi madre.
Me había abandonado.
Busqué validación en el amor, en la familia, en las amistades y en la aceptación de los demás. Gasté muchas fuerzas tratando de encajar en una cultura distinta a la mía, complaciendo personas y dejando atrás partes de mí que siempre había amado.
Incluso llegué a normalizar situaciones de discriminación hacia mí con tal de mantener el bienestar de otros.
Hasta que, con mucho dolor, decidí salir del entorno que estaba apagándome.
Recordé entonces el regalo que mi madre me había dejado: la libertad de decir adiós cuando mi propia luz comenzaba a desaparecer.
Encontrarme también significó enfrentarme
Jamás imaginé que elegir la libertad significaría también enfrentarme a mí misma.
Salir fue apenas el comienzo.
No repetir la historia de mi madre implicaba aprender a hacer cosas por mí y para mí, construir nuevas experiencias y comprender algo que me ha acompañado durante estos años:
el amor que tanto buscamos afuera también necesita comenzar dentro de nosotras.
Por eso busqué apoyo emocional y psicológico.
Haber tenido la valentía de cambiar el rumbo de mi vida no significaba que todo estuviera resuelto en mi interior. Había heridas, traumas y experiencias dolorosas desde mi niñez que todavía necesitaban ser miradas y atendidas.
Hoy puedo decir:
Me estoy haciendo cargo de mí.
Y para mí eso significa mucho más que tener un techo, trabajo, ropa o alimentos; cosas que, por cierto, nunca había logrado sostener completamente sola.
Estoy en procesos de terapia para reconocer, aceptar e integrar conflictos internos que todavía influyen en distintas áreas de mi vida: trabajo, relaciones de pareja, economía, amor propio, autocuidado, autoaceptación y merecimiento.
Este camino no ha sido inmediato.
Durante los últimos tres años he atravesado proceso tras proceso mientras aprendo a vivir desde otro lugar.
He aprendido sobre mí.
He comenzado a trabajar el perdón hacia mí misma y hacia otras personas.
Estoy aprendiendo a aceptar mi pasado sin permitir que gobierne mi presente.
Y, sobre todo, estoy construyendo la relación más importante que tendré en mi vida: la relación conmigo misma.
Quiero que ese aprendizaje también llegue a mi descendencia.
Quiero transformar aquello que heredé y ofrecer a quienes vienen después de mí la posibilidad de vivir con más libertad, conciencia y amor propio.
Pienso en las mujeres de mi familia que quizá no tuvieron la oportunidad de elegir por sí mismas.
Y pienso especialmente en mi madre.
Sé que estaría orgullosa de mí.
Lo estoy haciendo, mami.
Por mí y por ti.
Me haces mucha falta.
Abrazos hasta el cielo.
Por Patricia González
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