Poder Femenino

¿Vida personal o laboral? ¡Mmm, yo solo tengo una!

¿Vida personal o laboral? ¡Mmm, yo solo tengo una!

Por María Montserrat Suasnavar

Hay una pregunta que siempre me ha llamado la atención en las entrevistas de trabajo: «¿Cómo es tu vida laboral y cómo es tu vida personal?».

Y yo siempre he pensado: ¿desde cuándo tengo dos vidas? ¡Porque, hasta donde sé, solo nací una vez!

Desde los diez años tenía clarísimo que quería ser ingeniera química. Lo decreté sin saber de qué se trataba, lo estudié y lo logré. Aunque la vida terminó llevándome por caminos bastante diferentes a los que imaginaba, descubrí que me encantaba lo que hacía: compras, logística, calidad, administración, procesos, importaciones… ¡De todo un poco! Y es que a mí me encanta meter mi escasa nariz en todo, entender cómo funcionan las cosas, resolver problemas y, sobre todo, conocer gente.

He trabajado muchísimo; a veces, tal vez demasiado. He tenido jefes maravillosos, compañeros que se volvieron familia, proveedores que terminaron siendo amigos y otros personajes que habría mandado a la mismísima… ¡Aunque igual los hubiera llamado después para preguntarles si llegaron bien!

También he tenido trabajos muy bien pagados que terminaron saliéndome carísimos. En uno de ellos, mi salud pagó las consecuencias y entendí, un poquito tarde, que nadie iba a poner por mí los límites que yo misma debía poner. Porque una cosa es amar lo que hacemos y otra muy distinta es creer que tenemos que dar la vida por ello. ¡Y vaya que me costó entenderlo!

La partida de mi papá también me cambió la perspectiva. Durante años trabajé mañana, tarde y noche, feliz de la vida, hasta que comprendí que el tiempo con quienes amamos no se recupera. Con mi mamá tuve la oportunidad de vivir su largo adiós acompañándola tanto como pude, gracias también a la comprensión que encontré en mi trabajo.

Y es que, por más que queramos separar lo personal de lo laboral, la vida no funciona así. No dejamos las preocupaciones familiares en la puerta de la oficina ni apagamos nuestros sentimientos al encender la computadora.

Con los años también he descubierto que detrás de cada proceso, por muy técnico o complicado que sea, hay personas. Personas como yo, que tienen sus problemas, sus alegrías, sus preocupaciones y seguramente algún que otro enredo pendiente de resolver. A veces nos obsesionamos tanto con que todo salga perfecto que se nos olvida que quienes hacen funcionar las cosas no son máquinas.

Hoy estoy participando en levantar una empresa, un sueño que jamás imaginé que terminaría haciendo realidad. Tengo mil cosas que hacer, responsabilidades por todos lados y días en que pareciera que todo urge para ayer. Pero he aprendido a disfrutarlo de otra manera: a veces con una taza de café; otras, con una copita de vino al terminar el día, una buena conversación o simplemente riéndome de alguna de las tantas cosas que pasan.

¿Gano millones? ¡No! ¿Tengo todo resuelto? Tampoco. ¿Soy feliz? ¡Sí!

Y no porque todo sea maravilloso. Hay preocupaciones, cuentas que pagar, gente que decepciona y días en los que una quisiera apagar el teléfono y desaparecer un ratito. Pero también hay sueños, personas extraordinarias, oportunidades inesperadas y muchas cosas buenas que disfrutar.

De hecho, este artículo nació así. Estaba trabajando, con mil pendientes, cuando una amiga del colegio me envió una invitación para escribir. Me emocioné, dejé lo que estaba haciendo por un rato y aquí estoy, entretenida escribiendo sobre la vida mientras el trabajo sigue esperando.

¡Y es que los pendientes nunca se acaban!

Últimamente escucho mucho hablar de emprendimiento. Pareciera que todos tenemos que montar un negocio, ser nuestros propios jefes, ganar muchísimo dinero y alcanzar la famosa libertad financiera.

Y está bien. Como diría yo: «Cada quien con sus cositas».

Pero hoy estoy convencida de que el emprendimiento más importante que tenemos es nuestra propia vida, y cada quien es responsable de administrarla.

Invertimos tiempo, cariño, esfuerzo y dinero. Tomamos decisiones, corremos riesgos, perdemos algunas cosas y ganamos otras. A veces hacemos excelentes negocios y otras terminamos pensando: «¿En qué diablos me metí?».

Hay ganancias que no se depositan en el banco, pérdidas que terminan siendo bendiciones y decisiones que financieramente no tienen ningún sentido, pero que nos hacen inmensamente felices.

Y tampoco todo es blanco o negro. Lo que hoy parece una buena decisión mañana puede dejar de funcionar. Eso no convierte necesariamente aquella elección en un error: las circunstancias cambian y nosotros con ellas.

Yo no tengo la fórmula del éxito ni pretendo enseñarle a nadie cómo vivir. Bastante trabajo me ha costado ir aprendiendo a administrar mi propia existencia.

Lo que sí tengo claro es que no quiero pasarme la vida esperando al viernes, a las vacaciones, a la jubilación o a tener suficiente dinero para empezar a disfrutarla.

Me gusta trabajar, me gusta aprender, me gusta querer a mi gente, reírme, viajar, hacer amigos y, de vez en cuando, meter la pata, aunque ese aún es un tema complicado para esta virginiana. Porque, aunque una se esfuerce y se crea perfecta, no hay nada más lejos de la realidad.

Y ya que hablamos de administrar nuestra propia vida, se me ocurre que, entre tantos indicadores de productividad, rentabilidad y éxito, deberíamos tener también un KPI de felicidad: un indicador que nos recuerde cómo estamos viviendo. Porque de poco sirve que todos los números estén en verde si nosotros vivimos en rojo.

Pero ese es otro tema que merece su propia reflexión… ¡y probablemente otras tantas copitas de vino!

En conclusión, vida solo tengo una y pienso seguir disfrutándola con todo. ¿Y saben qué es lo peor? Que cada vez que creo que ya se me acabó el tiempo de hacer locuras… ¡PUM!, estreno nueva temporada. Porque vida solo hay una, pero temporadas todavía me quedan un montón, ¡espero!

Keep walking… keep going and be happy!

Sobre la autora

Ingeniera química de profesión, con 25 años de experiencia en compras, logística, administración y desarrollo empresarial. Curiosa por naturaleza, apasionada por aprender, resolver problemas y conocer personas. Convencida de que el éxito no se mide únicamente en resultados profesionales, sino también en cuánto disfrutamos la vida. Perfeccionista por vocación, creo que todo lo que vale la pena merece hacerse bien… ¡hasta portarse mal!

 

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