Pequeño explorador de grandes historias

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Pequeño explorador de grandes historias

Escritora Invitada 27 Aug 2026

Siete semanas pueden ser mucho o poco tiempo, según la perspectiva de quien lo vea.

Se traducen en 49 días, 1,176 horas, 70,560 minutos y 4,233,600 segundos.

¿Tiempo suficiente? Depende. ¿Para quién y para qué?

Para mí, fue el tiempo más maravilloso del universo: saber que estaba gestando una vida, que dos corazones latían en mi ser y soñar con hacer de Miguel Ángel un niño libre, amado, aventurero y, sobre todo, feliz.

Y para él, creo que fue tiempo suficiente para experimentar el amor inmensurable de todos aquellos que supieron de su existencia.

Este año, mi hijo estaría cumpliendo dos años, y durante todo este tiempo ha sido un ser de luz que explora el universo y se encarga de contarme historias hermosas.

Las encuentro en los libros, en las sonrisas de quienes me rodean, en el abrazo sincero de mis amigos y de las personas que amo y me aman; en las mascotas, en los números repetidos —especialmente el 11:11—, en las plumas que encuentro sobre mi escritorio cuando llego a trabajar, en las libélulas, en las mariposas o en cualquier señal que se le ocurra enviarme.

Pero, sobre todo, las encuentro en los sueños y también en las cosas no tan buenas.

Historias llenas de magia, ilusión y, sin duda, de amor y de fe.

La mejor enseñanza que mi hijo me ha dejado es aprender a maternar de una manera distinta.

Porque todas las mujeres cambiamos cuando nacen nuestros hijos. Nosotras también nacemos a una nueva versión justo en el momento en que ellos ven la luz por primera vez.

Al igual que muchas mamás terrenales y celestiales, quizá las versiones que éramos antes ya no existen.

Mi maternidad es diferente.

No hubo calostro ni cambios de pañales. Tampoco noches en vela, un primer baño, preocupación por las vacunas, enseñarle a caminar, verlo sonreír o bostezar. Mucho menos escuchar su llanto, arrullarlo entre mis brazos o escucharlo decirme “mamá”.

No. Nada de eso.

Y aun sin tenerlo entre mis brazos físicos, su alma y su espíritu se han encargado de llevarme a los lugares y a las personas precisas para ayudarme no solo a integrar y transformar el dolor de su ausencia, sino también a convertirlo en un amor celestial.

Un amor que, incluso, ha significado aprender a perdonar lo que alguna vez creí imperdonable.

Muchas veces le pregunto a Dios para qué me quedé en esta vida sin él, sin mi mayor anhelo, sin mi rayito de sol.

Y su respuesta siempre me lleva al mismo lugar: hacer algo muy bonito con mi vida.

Un segundo a la vez.

Y así voy, día tras día, aprendiendo a transformar mi historia y convirtiéndome poco a poco en la mujer que elijo ser.

Pero esa historia te la cuento en el próximo artículo.

 

Patty Figueroa

Consteladora Familiar en el Agua y Coach Sistémica

Instagram:  si_talcomoes

 

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