A flor de pielNada es lo que parece

¿Y si dejé ir al amor de mi vida?

Estaba sentada frente a él y no podía creer las palabras que acababan de salir de su boca: “Ella fue y siempre será el amor de mi vida”.   Hasta hacía unos minutos ese hombre me parecía un ser lleno de vida, de sueños y con una carrera prometedora. Ésa era nuestra primera cita, pero nos veíamos a diario hacía semanas para los ensayos de una nueva obra de teatro en la que trabajaríamos juntos. Hasta ese día, mi admiración por él no hacía más que crecer. Era un actor genial. Todo el elenco lo admiraba y se divertía hablando de sus hazañas en escena: El día en que tembló mientras actuaban y él improvisó diciendo que eran efectos especiales de la obra, haciendo que el público estallara en carcajadas; cuando batió un récord de presentaciones con un mismo personaje o, cuando la gente se puso de pie y vitoreó su nombre en medio de un show. Era bárbaro. Y yo, tenía una cita con él. Elegimos un Mcdonald´s para nuestro encuentro, éramos jóvenes y ése era un buen lugar para tomar un café, compartir algunas de nuestras historias y conocernos mejor; pero ésto, no lo vi venir. Segundos antes, él hablaba con mucha tranquilidad de sus ex novias, lo cual me parecía una mala idea durante una primera cita; pero de igual manera, llegó el turno de aquella ex.  Su tono se volvió sombrío y melancólico. La describía con inquietante precisión mientras su mirada se perdía en los recuerdos. La atmósfera cambió. Dejó de sonreír. Creo que había cavado demasiado profundo en sus sentimientos y se había golpeado con lo que encontró en ese lúgubre baúl. Mi cita, arrastraba el recuerdo de un viejo amor al que seguía viendo como su única oportunidad de ser feliz. Su rostro ahora lucía como el de un viudo que espera la hora de su muerte para reencontrarse con su amada. Pero, ¿Cómo podía ver el amor de esa manera?, en los guiones de teatro hay miles de finales felices en los que el protagonista se queda con el amor de su vida, ¿Por qué él se sentía expulsado de su propio guión?. Mientras seguía hablando de esa chica, mi mente buscó la manera de ignorar el sonido de su voz y sumergirse en las dudas que esta situación le producían. ¿Y si él tenía razón? ¿Tenemos sólo un amor en la vida? ¿Y si yo lo había dejado ir? De ser así, la vida había sido tremendamente injusta conmigo. Yo no lo dejé ir, ella me lo arrebató. Ahora les cuento cómo ocurrió. Su nombre: Sebastián. Él llegó al mundo con una luz especial. Brillaba todo el tiempo. Ojos grandes y mirada traviesa, labios dibujados cuidadosamente en forma de corazón y una sonrisa fulminante; atlético y divertido. Era perfecto ante mis ojos. Nos conocimos gracias a que nuestras madres eran mejores amigas, tan cercanas, que mi mamá nos enseñó a llamar tía a su amiga Marcela. Mientras tanto, Sebastián y yo pasábamos tiempo juntos y fuimos desarrollando una amistad, aunque en el fondo sabíamos que había algo especial entre nosotros. Una tarde de verano Sebastián hacía algo con su bicicleta, nunca supe si la reparaba o limpiaba, pero tenía ese aspecto masculino de “hombres trabajando”. Caminé hacia él con la intención de ofrecer mi ayuda, aunque yo en realidad apenas sabía colocar la cadena de la bici en su lugar, pero era una buena línea para hacer conversación. Asomaba una pícara sonrisas de sus labios cuando se incorporó y, sin previo aviso, me besó.  Si han estado enamorados, saben que a partir de ese momento los días se vuelven mágicos. El sol parecía brillar más fuerte que nunca, las cosas difíciles ya no lo eran tanto, y hasta la gente me parecía más buena. Anhelaba los fines de semana para pasar tiempo a su lado. Llegó el día de un viaje organizado por nuestras madres al que estaban invitadas otras familias. Todos subían al autobús que nos llevaría a la playa, pero  Sebastián y yo, que manteníamos en secreto nuestro noviazgo, esperamos hasta el final. Suponíamos que eso nos daría la oportunidad de buscar asientos cercanos y, con suerte, conversar en el trayecto; y casi lo logramos. Estábamos ubicados en sillones diferentes pero nuestras manos encontraron la manera de casar. Podía sentir un suave palpitar en su muñeca. Un roce curioso y delicado nos unió durante todo el viaje. Una vez allí, caminamos por la playa, jugamos y nos conocimos como nunca antes. Por la noche, una fogata nos abrigaba mientras él me rodeaba con su brazo y jugueteaba con las chispas que saltaban del fuego. De repente, empezó a tararear una canción que terminó cantando suavemente… “Ya, ya no puedo más. Ya me es imposible soportar otro dia más sin verte… Ven, dame una razón, si es algo que no tiene solución, es otro día más sin verte”. La canción de Jon Secada se convirtió en nuestra. Deseábamos vernos todo el tiempo pero aún dependíamos de nuestros padres, así que en ese viaje decidimos que hablaríamos con ellos.    La siguiente semana se hizo eterna. ¿Qué dirían las familias?, ¿Les alegraría la noticia? Yo, muy optimista, soñaba con que todos celebraban y nos bendecían para un futuro juntos, un futuro que nunca llegaría; pues aunque yo no lo sabía la tragedia estaba a la vuelta de la esquina.   Esa tarde mamá llegó del trabajo llorando inconsolablemente. Repetía una y otra vez que su amiga, su querida Marcela, no resistiría ese dolor.     -Esto no puede estar pasando–decía, intentando contener el llanto. Yo la veía sin entender qué ocurría. Tenía miedo de preguntar. Finalmente mamá me abrazó y dijo las palabras que jamás esperé escuchar: Sebastián murió.  Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo hasta llegar a mi corazón que, sentí congelarse por un momento. Dejé de respirar. Los latidos volvieron con violentos golpes en el pecho. Las lágrimas empezaron a desbordarse de mis ojos mientras intentaba comprender lo que estaba pasando.    -Tu tía Marcela está sufriendo mucho, hija –Dijo mamá, sin imaginar que la noticia me devastaba también. Mientras yo me refugiaba en sus brazos, ella empezó a contar lo que había ocurrido. Sebastián regresaba de una excursión con sus compañeros de trabajo y cansado del trayecto decidió moverse junto a su mejor amigo hacia los escalones de la puerta trasera del bus. Los chicos, ansiosos por llegar a casa empezaron a empujarse uno al otro en un inocente juego; sin embargo,  uno de esos empujones fue demasiado fuerte y lanzó a Sebastián fuera del autobús haciéndolo impactar contra un poste. Su muerte fue inmediata. Y, debo confesar que ese día, una parte de mí también murió. Los meses tras despedir a Sebastián en una masivo funeral se convirtieron en un tormento. Despertaba por las noches y de inmediato me invadía una profunda tristeza. Lloraba hasta mojar las almohadas y quedarme dormida nuevamente. No entendía cómo la vida, la suerte, Dios, nos habían podido separar de esa manera. En el día, pasaba las horas rogando al creador que le permitiera a Sebastián regresar a despedirse de mí. Ilusamente, tal vez, pero esperaba que él llegase como una aparición, un sueño, como una señal;  pero nada. El consuelo fue llegando a mi corazón poco a poco, hora tras hora, día tras día; fortaleciéndose en la esperanza de que Sebastián se fue de este mundo: enamorado, con su luz intacta y feliz.  Años después, en aquel Mcdonald’s, sentada frente a un hombre atrapado por su pasado, entendí que todos enfrentamos el dolor de una separación, a veces tan natural como una ruptura, otras, mucho más inesperada e impactante; pero ambas son una ruptura que inevitablemente dejan una herida. La dolorosa ausencia de Sebastián me enseñó que mis sentimientos hacia él eran suyos y de nadie más; pero que con el tiempo debía soltarlos para poder continuar. No podía atarme a su recuerdo pues de hacerlo, lo hubiese convertido en una pesada carga que poco a poco me habría vencido. Él se marchó, pero su valioso recuerdo siempre permanecerá en mí como se hace con un gran amor.  Como ven, si yo pensara como mi amigo el actor, Sebastián habría sido “el amor de mi vida” y yo estaría sumergida en el sufrimiento, la soledad y el rencor. Por el contrario, con el tiempo entendí que tenemos la dicha de encontrarnos con personas maravillosas para acompañarnos en un trayecto de nuestras vidas, pero que no nos pertenecen. Aprendí que le damos un lugar importante a cada persona y también se lo podemos quitar, si así lo decidimos.  Comprendí que el fabuloso título de “mi gran amor” o “el amor de mi vida” lo debe llevar la persona a quien elegimos dárselo en el presente o, en el futuro tal vez; pero jamás a alguien que ha quedado en el pasado, pues de hacerlo, nos estaríamos sepultando a nosotros mismos junto a su recuerdo.   En memoria de Sebastián.

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