LÁGRIMAS
Las gotas que Dios jamás deja caer al olvido. Hay un lenguaje que no necesita palabras, No conoce idiomas, no distingue edades y tampoco necesita intérpretes. Es comprendido por un recién nacido que apenas llega al mundo y por un anciano que se despide de la vida. Ese lenguaje son las lágrimas.
Lloramos antes de aprender a hablar. De hecho, nuestro primer mensaje al mundo fue un llanto. Desde entonces, cada lágrima ha contado una historia que muchas veces los labios no han podido expresar.
Lloramos cuando el corazón se rompe y también cuando rebosa de alegría. Lloramos por una pérdida, por una oración contestada, por una despedida, por un reencuentro, por el miedo, por la impotencia o por la emoción de un abrazo esperado durante años.
También existen lágrimas que no nacen del alma. Las provoca una alergia, el humo, el viento que golpea el rostro o algún agente irritante. Incluso podemos comprarlas en una farmacia bajo el nombre de “lágrimas artificiales”.
Y, por supuesto, están las famosas “lágrimas de cocodrilo”: aquellas que aparentan dolor, pero esconden intereses.
Sin embargo, existe un tipo de lágrimas completamente diferente. Son las que brotan cuando Dios toca lo más profundo del corazón, esas lágrimas no solo humedecen los ojos, limpian el alma.
La ciencia afirma que el llanto emocional ayuda al organismo a liberar sustancias relacionadas con la calma y el bienestar. Después de llorar, muchas personas experimentan descanso físico y emocional. Es como si el cuerpo entendiera algo que el corazón llevaba tiempo intentando decir necesito algo que liberar. Esto no es casualidad, fuimos creados por un Dios que diseñó incluso nuestras lágrimas con un propósito.
La historia también les ha concedido un lugar especial. En distintas civilizaciones existieron mujeres conocidas como plañideras, cuyo oficio consistía en llorar durante los funerales. Algunas culturas las contrataban para expresar públicamente el dolor que las familias no manifestaban; otras las consideraban un símbolo de honor hacia quien había partido. Incluso existieron pequeños recipientes llamados lacrimatorios, donde, según antiguas tradiciones, se conservaban lágrimas como recuerdo del amor y del duelo. Qué curioso resulta que el ser humano haya encontrado maneras de guardar físicamente las lágrimas. Y, sin embargo, mucho antes de que existieran esos recipientes, la Biblia ya hablaba de un Dios que las guardaba.
Pero antes de llegar allí, hay algo interesante para mencionar, porque no todas las lágrimas tienen el mismo valor.
Hay lágrimas que alivian…y hay lágrimas que esclavizan. Existe un llanto que nos acerca a Dios y otro que simplemente alimenta nuestra inconformidad.
Hay tres ejemplos muy interesantes que hoy te quiero contar.
1. El pueblo de Israel, después de haber visto milagro tras milagro, después de caminar bajo la protección divina y recibir diariamente el sustento del cielo, comenzó a llorar. No porque Dios los hubiera abandonado, sino porque deseaban algo diferente. Su problema nunca fue la falta de provisión. Fue la falta de gratitud. Aquel llanto no nacía de un corazón quebrantado; nacía de un corazón inconforme.
2. Muy distinta fue la experiencia del rey David. Mientras su pequeño hijo luchaba por vivir, David ayunó, oró y lloró desconsoladamente. Cuando el niño murió, todos esperaban verlo consumido por la desesperación. Pero sucedió algo extraordinario David se levantó, se bañó, cambió sus vestidos, entró al templo…y adoró. No porque hubiera dejado de amar a su hijo. Sino porque comprendió que el dolor nunca debe ocupar el lugar que solo Dios merece. Lloró intensamente, pero no vivió eternamente llorando.
3. Y entonces aparece uno de los versículos más tiernos de toda la Escritura. David escribe: “Tú llevas la cuenta de todas mis angustias; has recogido todas mis lágrimas en tu odre.” (Salmo 56:8). Cada vez que leo ese pasaje imagino a un Padre inclinándose para recoger aquello que nadie más ve. Porque para Dios ninguna lágrima es insignificante. Él conoce la historia detrás de cada una. Sabe cuáles nacieron de una pérdida. Cuáles fueron derramadas en silencio durante la madrugada. Cuáles escondían una oración que nadie escuchó. Y cuáles fueron derramadas mientras el Espíritu Santo hacía una obra de restauración en nuestro interior.
Por eso, quizá la pregunta no sea: ¿Cuánto lloras? Sino…¿Qué están diciendo tus lágrimas acerca de tu corazón? ¿Hablan de una confianza que espera en Dios? ¿O revelan una vida atrapada en la queja, la autocompasión y el resentimiento? Las lágrimas nunca son el problema. El verdadero asunto es el lugar del que nacen. Cuando Dios sana el corazón, las lágrimas dejan de ser un punto final. Se convierten en el inicio de una nueva historia. Si hoy estás llorando, no te avergüences, solo procura que tus lágrimas no caigan sobre el terreno estéril de la queja, sino sobre la tierra fértil donde Dios hace florecer la esperanza. Porque las lágrimas derramadas delante de Él jamás se desperdician, Él las recoge, las comprende, las honra, y, cuando llega el momento, las transforma en fortaleza.
Es un gusto escribirte, hasta una próxima.
Wendy Figueroa
Licenciada en Administración de Recursos Humanos
y Orientadora Familiar


