Pulso interior

Que valga la pena la vida que estás construyendo

Construir una buena vida no consiste únicamente en alcanzar nuestras metas. También importa quiénes somos mientras llegamos, qué conservamos en el camino y si aquello que conseguimos realmente compensa lo que tuvimos que entregar.

Que valga la pena la vida que estás construyendo

Llegamos al final de “La vida que estamos construyendo” después de preguntarnos dónde estamos, qué estamos haciendo con nuestros días, qué significa hoy el éxito para nosotros y cuánto estamos sacrificando para conseguir aquello que queremos. Tal vez todas esas preguntas conduzcan a una última, mucho más sencilla de formular que de responder: ¿la vida que estamos construyendo realmente vale la pena?

Durante buena parte de nuestra vida avanzamos mirando hacia adelante. Pensamos en el siguiente objetivo, en aquello que todavía necesitamos resolver, en la cantidad que queremos ahorrar, en el puesto al que aspiramos, en la casa que algún día tendremos o en ese proyecto que finalmente nos permitirá sentir que llegamos a algún lugar. Tener metas nos ayuda a movernos. Nos da dirección y, muchas veces, nos obliga a descubrir capacidades que no sabíamos que teníamos. El problema aparece cuando estamos tan concentrados en llegar que dejamos de prestar atención a la vida que ocurre mientras tanto.

Porque la vida no comienza cuando finalmente alcancemos nuestras metas. Ya está ocurriendo.

Está ocurriendo un martes por la mañana mientras desayunamos apresuradamente antes de salir. Está en la llamada de alguien que quiere saber cómo estamos, en una comida cualquiera con nuestra familia, en el trayecto de regreso a casa, en una conversación con un amigo y hasta en esos minutos de silencio al final de un día largo. Son momentos demasiado comunes para considerarlos extraordinarios y, precisamente por eso, podemos pasar años sin reconocer cuánto significaban.

Muchas veces entendemos el valor de ciertas cosas cuando cambian. Una casa ruidosa puede parecernos agotadora hasta que un día queda demasiado silenciosa. Las llamadas frecuentes de nuestros padres pueden sentirse rutinarias hasta que comenzamos a notar que están envejeciendo. Los hijos que hoy demandan tiempo algún día construirán sus propias agendas. Los amigos con quienes creemos que siempre podremos reunirnos también tendrán nuevas responsabilidades, mudanzas, familias y caminos distintos. Incluso nosotros cambiaremos. El cuerpo, la energía y las posibilidades que hoy damos por sentadas no permanecerán exactamente iguales.

Esto no significa vivir anticipando pérdidas ni convertir cada momento cotidiano en una obligación de sentir gratitud. Sería agotador. Hay días malos, temporadas difíciles y responsabilidades que simplemente tenemos que cumplir aunque no encontremos nada especial en ellas. Pero quizá sí significa comprender que no deberíamos colocar toda nuestra capacidad de disfrutar la vida en un futuro que siempre está unos pasos más adelante.

“Cuando termine este proyecto.”

“Cuando gane un poco más.”

“Cuando tenga mi casa.”

“Cuando los niños crezcan.”

“Cuando tenga más tiempo.”

Ese momento puede llegar y, probablemente, traerá cosas buenas. Pero también es posible que para entonces exista una nueva preocupación, otra meta o una responsabilidad diferente. Si esperamos que todo esté resuelto para permitirnos vivir con cierta tranquilidad, podríamos esperar durante demasiado tiempo.

También necesitamos aceptar que construir una vida que valga la pena implica renunciar a algunas posibilidades. No podemos convertirnos en todas las personas que alguna vez imaginamos ser. Elegir una dirección significa dejar otras atrás. Formar una familia puede cambiar ciertas libertades; dedicar muchos años a una profesión puede cerrar otros caminos; mudarnos puede alejarnos de personas que queremos y quedarnos puede significar renunciar a oportunidades que existían en otro lugar. No existe una vida sin decisiones difíciles ni una elección importante que no tenga algún costo.

La pregunta, entonces, no es cómo evitar todas las renuncias. Es cuáles estamos dispuestos a hacer y por qué.

Quizá ahí empieza una definición más personal de una buena vida. No necesariamente una vida impresionante, sino una que tenga sentido para quien la vive. Para algunas personas estará llena de proyectos, movimiento y ambición. Para otras tendrá un ritmo más tranquilo. Habrá quienes quieran construir empresas, viajar constantemente o asumir grandes responsabilidades, y quienes descubran que su mayor aspiración es tener estabilidad, tiempo y personas con quienes compartirlo. Ninguna de esas vidas necesita justificarse frente a la otra.

Lo importante es que nuestras decisiones se parezcan cada vez más a nuestros valores y cada vez menos a la necesidad de demostrar algo.

Podemos tener éxito y seguir siendo personas presentes. Podemos trabajar por una meta importante sin abandonar todas las demás áreas de nuestra vida. Podemos querer más sin vivir convencidos de que lo que tenemos nunca es suficiente. Y también podemos detenernos, cambiar de dirección o reconocer que una meta que alguna vez nos entusiasmó ya no merece el precio que nos está cobrando.

Eso requiere revisar el rumbo de vez en cuando.

No únicamente cuando todo sale mal. También cuando las cosas aparentemente van bien.

Porque podemos estar avanzando rápidamente en una dirección que ya no queremos. Podemos recibir reconocimiento por una vida que internamente nos está agotando. Podemos cumplir expectativas que nunca fueron nuestras. Y podemos descubrir que estamos construyendo algo admirable desde afuera, pero difícil de habitar desde adentro.

Tal vez una vida que vale la pena no pueda medirse solamente por lo que acumulamos o conseguimos. También habría que preguntarnos cómo dormimos, con quién podemos hablar cuando algo nos preocupa, cuánto de nuestro tiempo pertenece realmente a las personas que amamos, qué relación tenemos con nosotros mismos y si todavía existe espacio para aquello que nos hace sentir vivos más allá de nuestras obligaciones.

Y tampoco tendremos todas esas áreas perfectamente resueltas. Habrá etapas desordenadas. Momentos en los que el trabajo necesitará más de nosotros, problemas familiares que cambiarán nuestras prioridades, dificultades económicas, pérdidas, decisiones equivocadas y planes que no funcionarán. Una buena vida no es una vida protegida de todo eso. Es una vida en la que, incluso atravesando esas temporadas, seguimos intentando recordar qué merece ser cuidado.

Quizá dentro de muchos años no podamos recordar cada pendiente que resolvimos, cada correo que respondimos ni todas las noches que trabajamos un poco más. Probablemente recordaremos personas, conversaciones, oportunidades que nos atrevimos a tomar, lugares, errores de los que aprendimos y momentos aparentemente pequeños que terminaron significando mucho más de lo que imaginábamos.

Por eso vale la pena preguntarnos hoy, mientras todavía estamos construyendo: si continúo por este camino, ¿me gusta no solamente el lugar al que puedo llegar, sino también la persona en la que me estoy convirtiendo y la vida que estoy viviendo para llegar hasta allí?

No necesitamos responderlo todo ahora. La vida seguirá cambiando y nosotros también. Lo importante quizá sea no dejar de hacernos la pregunta.

Porque construir una buena vida nunca fue únicamente llegar lejos.

También es poder mirar alrededor, reconocer a las personas que siguen caminando con nosotros, conservar aquello que verdaderamente importa y sentir que, incluso con errores, cambios de rumbo y sueños que tuvieron que transformarse, valió la pena la manera en que elegimos llegar.

"Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría."
— Salmos 90:12 (Reina-Valera 1960)

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