Las conversaciones que cambian una vida
Durante mucho tiempo pensé que crecer consistía en estudiar más, trabajar más y asumir nuevos retos. Creía que el desarrollo profesional era la suma de conocimientos, experiencia y esfuerzo.
Con los años descubrí que estaba dejando fuera el ingrediente que más había transformado mi vida: las conversaciones.
No me refiero únicamente a las conversaciones con otras personas. Hablo también de las conversaciones con una misma, de los libros que nos interpelan, de las preguntas que nos obligan a replantearnos nuestras certezas y de las comunidades que elegimos habitar.
Porque, al final, las conversaciones terminan moldeando nuestra forma de pensar. Y nuestra forma de pensar termina moldeando nuestra vida.
Mi interés por aprender no apareció cuando empecé a trabajar. Forma parte de mí desde siempre. Crecí en una familia donde estudiar, hacer preguntas y sentir curiosidad era algo natural. Mis padres nos animaron a desarrollar nuestro propio criterio, a esforzarnos y a no dejar nunca de aprender.
Con los años he comprendido que esa forma de entender la educación ha influido mucho más en mi manera de afrontar la vida que cualquier título o certificación.
Quizá por eso elegí desarrollar mi carrera en sectores tan exigentes y apasionantes como la tecnología y la energía. Son entornos donde la innovación obliga a aprender constantemente, y eso es precisamente lo que siempre me ha motivado: enfrentar nuevos retos, asumir responsabilidades diferentes y seguir evolucionando como profesional y como persona.
Durante años pensé que crecer profesionalmente consistía en dominar nuevas herramientas, gestionar proyectos cada vez más complejos o liderar equipos más grandes. Todo eso era importante, pero llegó un momento en el que las preguntas dejaron de ser técnicas.
Empezaron a ser mucho más profundas:
¿Cómo quiero liderar?
¿Qué quiero aportar?
¿Quién quiero ser cuando entre en una sala?
En distintos momentos de mi vida tuve la suerte de encontrar personas que pusieron palabras a intuiciones que yo todavía no sabía explicar.
Una de ellas fue Rafael Sarandeses. En una etapa de cambio profesional me ayudó a comprender que una carrera no se construye solo reaccionando a las oportunidades que aparecen, sino tomando decisiones conscientes sobre el lugar donde quieres aportar más valor.
Me hizo reflexionar sobre la importancia de estar “en la pomada”: participar en las conversaciones donde nacen las ideas, se crean relaciones de confianza y surgen las oportunidades que realmente transforman una trayectoria profesional.
Aquella reflexión cambió mi manera de entender el crecimiento. Dejé de preguntarme únicamente cuál sería mi siguiente puesto para empezar a preguntarme cuál era la contribución que quería hacer.
Poco después apareció otra voz que amplió todavía más esa mirada. Bisila Bokoko habla de convertirse en una “mujer escalera”. Es una idea sencilla, pero profundamente transformadora: el éxito deja de ser una meta individual cuando entiendes que cada paso que das puede facilitar el camino de otra persona.
Esa filosofía resonó profundamente en mí.
Vivimos en un mundo que a menudo nos invita a competir por el espacio. Sin embargo, las personas que más admiro son precisamente aquellas que generan más espacio para los demás: las que comparten, conectan, presentan, recomiendan y celebran el talento ajeno con la misma naturalidad con la que celebran el propio.
Otra de las personas que ha enriquecido mi forma de mirar el mundo es Natalia Barrios, creadora del Club de Elegancia Emocional. De ella aprendí una metáfora que intento aplicar en mi vida: elegir mirar la realidad con gafas de mariposa y no con gafas de mosca.
Las moscas encuentran con facilidad aquello que falta, aquello que está roto o aquello que no funciona. Las mariposas, en cambio, buscan las flores. No porque ignoren la realidad, sino porque entrenan su mirada para descubrir posibilidades allí donde otros únicamente encuentran limitaciones.
Desde entonces intento hacerme una pregunta sencilla cuando aparece un desafío: ¿desde qué gafas estoy observando esta situación?
Si hay una pasión que ha conectado todas estas experiencias ha sido la lectura.
Siempre he disfrutado leyendo, pero descubrí que un libro multiplica su valor cuando deja de ser una experiencia individual y se convierte en una conversación compartida.
Eso fue exactamente lo que encontré en Anita 30 Libros. Lo que comenzó siendo un espacio para leer terminó convirtiéndose en una comunidad internacional de personas con una curiosidad insaciable, comprometidas con el aprendizaje, el pensamiento crítico y el crecimiento continuo.
Gracias a esa comunidad comprendí que las mejores conversaciones rara vez terminan cuando cierras un libro. En realidad, es ahí donde empiezan.
Y nunca imaginé que esas conversaciones me acercarían también a Guatemala. Hoy escribo estas líneas para una revista de este país gracias a un puente construido con libros, personas y generosidad. Hay conexiones que solo se entienden cuando una mira hacia atrás.
Esa misma idea de crecimiento compartido la he encontrado en otros espacios que forman parte de mi vida.
Como socia de AEMENER, la Asociación Española de Mujeres de la Energía, participo en iniciativas de mentoring y voluntariado que impulsan el liderazgo femenino y fomentan las vocaciones STEM. Cada encuentro confirma una convicción que ha ido creciendo con los años: cuando una mujer comparte su experiencia con otra, ambas salen fortalecidas.
También pertenezco al Project Management Institute Madrid y obtuve la certificación PMP convencida de que la excelencia profesional exige aprendizaje continuo.
Si algo tienen en común todos estos lugares y todas estas personas es que nunca me ofrecieron respuestas cerradas. Me ofrecieron mejores preguntas.
Y, con el tiempo, he comprendido que la calidad de nuestra vida depende, en gran medida, de la calidad de las preguntas que somos capaces de hacernos.
Vivimos rodeados de información. Lo verdaderamente escaso es encontrar espacios donde podamos pensar mejor, escuchar con profundidad y mantener conversaciones que nos transformen.
Por eso, si alguien me preguntara hoy cuál ha sido la decisión más importante de mi vida, probablemente no hablaría de un cambio de empresa ni de un ascenso. Hablaría de haber elegido conscientemente las personas, los libros y las comunidades con las que quería crecer.
Quizá ese sea uno de los mayores aprendizajes que me llevo hasta ahora: crecer no consiste únicamente en acumular conocimientos, experiencias o reconocimientos. Crecer consiste, sobre todo, en convertirse en una persona capaz de generar conversaciones que aporten claridad cuando aparece la incertidumbre, esperanza cuando surgen las dudas y confianza cuando otros todavía no ven todo su potencial.
Si este artículo consigue despertar en una sola persona el deseo de buscar una nueva conversación, abrir un libro diferente, acercarse a una comunidad o pedir un café con alguien a quien admira, habrá cumplido su propósito.
Azucena Fuentes
Ingeniera Industrial | PMP® | Delivery Lead en tecnología y energía
Convencida de que las mejores carreras se construyen a través del aprendizaje continuo, las conversaciones estratégicas y la generosidad de quienes abren camino a otros.


