Pulso interior

Decir “estoy bien” sin estarlo

Decir “estoy bien” sin estarlo

En esta séptima entrega de “Lo que normalizamos” hablamos de dos palabras que pronunciamos casi automáticamente: “estoy bien”. Las decimos cuando alguien pregunta cómo estamos, aunque hayamos dormido mal, tengamos una preocupación atravesada en la cabeza, estemos enfrentando una pérdida, una dificultad económica, un problema familiar o simplemente uno de esos días en los que sostenerlo todo cuesta más de lo habitual. No siempre mentimos deliberadamente. A veces hemos repetido tanto esa respuesta que dejamos de preguntarnos si realmente es cierta.

“¿Cómo estás?”

“Bien, gracias. ¿Y tú?”

La conversación continúa.

Lo hacemos porque no siempre queremos explicar. Porque estamos trabajando. Porque no es el momento. Porque quien pregunta quizá tampoco espera una respuesta profunda. Y está bien. Nadie tiene la obligación de convertir cada encuentro cotidiano en una confesión personal. Tenemos derecho a decidir cuándo hablar, cuánto contar y con quién hacerlo.

El problema comienza cuando “estoy bien” deja de ser una elección y se convierte en nuestra única respuesta posible.

Hay personas que aprendieron desde muy temprano que mostrar preocupación incomoda, llorar demuestra debilidad o pedir ayuda significa convertirse en una carga. Otras asumieron durante años el papel de quienes sostienen a todos: la madre que resuelve, la amiga que escucha, la profesional que nunca falla, el padre que debe encontrar soluciones, la persona fuerte de la familia.

Cuando todo el mundo nos conoce como “quien puede con todo”, admitir que algo nos está superando puede sentirse extrañamente difícil.

Entonces perfeccionamos el arte de funcionar mientras algo dentro de nosotros necesita atención.

Llegamos puntuales.

Respondemos correos.

Sonreímos.

Cumplimos compromisos.

Publicamos una fotografía.

Preguntamos cómo están los demás.

Y continuamos.

Desde afuera quizá nadie sospeche nada porque hemos confundido durante demasiado tiempo estar funcionando con estar bien.

Pero cumplir nuestras responsabilidades no explica necesariamente cómo nos sentimos.

También existe miedo a la respuesta. Decir “no estoy pasando un buen momento” abre una conversación que quizá no sabemos cómo continuará. Tememos escuchar consejos que no pedimos, recibir juicios, ser minimizados o encontrarnos con ese incómodo “pero tienes tantas cosas buenas” que intenta animarnos y termina haciéndonos sentir que tampoco tenemos derecho a estar mal.

Por eso escuchar importa tanto como preguntar.

Cuando alguien finalmente responde que no está bien, quizá no necesite inmediatamente una solución. A veces necesita cinco minutos sin interrupciones. Una llamada. Un café. Una persona capaz de escuchar sin convertir la conversación en una competencia de sufrimientos y sin apresurarse a explicar cómo debería sentirse.

Podríamos recuperar respuestas más honestas sin necesidad de revelar aquello que deseamos mantener privado.

“Hoy estoy un poco cansada.”

“He tenido días mejores.”

“Estoy atravesando algunas cosas.”

“No quiero hablar mucho de ello todavía, pero gracias por preguntar.”

Incluso decir “no estoy bien, pero voy trabajando en ello” puede abrir una pequeña ventana donde antes únicamente existía una pared.

Y quizá también necesitamos aprender a hacer mejores preguntas.

En lugar del automático “¿todo bien?”, podemos decir: “¿cómo estás de verdad?”. Si conocemos a la persona, podemos ser todavía más concretos: “te he sentido diferente últimamente, ¿quieres hablar?”. Y después hacer algo que parece sencillo, pero no siempre practicamos: respetar la respuesta.

No todas las personas que atraviesan algo difícil quieren hablar inmediatamente.

Acompañar también significa saber estar disponibles sin invadir.

Lo importante es que exista algún lugar donde no necesitemos actuar.

Una amistad, una pareja, un familiar, una comunidad, una persona de confianza o, cuando sea necesario, un profesional. Alguien frente a quien podamos quitar durante un momento esa versión competente que mostramos al mundo y reconocer que también tenemos días difíciles.

No necesitamos contarle nuestra vida a todo el mundo.

Pero tampoco deberíamos atravesarlo todo solos únicamente para mantener la apariencia de que podemos con cualquier cosa.

La fortaleza no consiste en permanecer intactos permanentemente. También existe fortaleza en reconocer nuestros límites, pedir compañía, aceptar ayuda y admitir que algunas etapas requieren más cuidado que otras.

Quizá la próxima vez que alguien nos pregunte cómo estamos, responderemos simplemente “bien”. Y quizá realmente lo estemos.

Pero cuando no sea así, sería bueno recordar que existe otra respuesta posible.

Una más incómoda.

Más humana.

Y, con las personas correctas, mucho más liberadora:

“La verdad, hoy no estoy tan bien.”

"Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero."
— Eclesiastés 4:9-10 (Reina-Valera 1960)

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