Empower yourself
El día que conocí a Teo
En “El día que conocí a Teo”, Ana María Velásquez comparte la historia de un perro atropellado que llegó a su vida cuando ella también atravesaba un momento de desorientación y soledad. Lo que comenzó como un rescate terminó convirtiéndose en una historia de transformación compartida. A través de Teo, Ana María aprendió a vivir más en el presente, aceptar otros ritmos, equivocarse sin detenerse y encontrar compañía donde menos lo esperaba. Una historia entrañable sobre cómo algunas decisiones pueden cambiar nuestro camino y convertirse, sin saberlo, en una segunda oportunidad para ambos.
Teodoro, del griego Theodōros: regalo de Dios
Hace tres años me sentía perdida, desorientada, estancada, desconectada de mi entorno y un poco sola.
Una mañana, mientras caminaba hacia el trabajo, vi pasar una motocicleta, escuché gritos de niños y, después, el aullido de un perro.
Lo habían atropellado.
Fue una escena terrible. No pude dejar de pensar en él durante todo el día. Supe que algunos vecinos lo habían llevado al veterinario, pero después no tuve más noticias. Lloré imaginando si había muerto, si seguía sufriendo o qué tan graves podían ser sus heridas.
Cuando regresé del trabajo lo vi acostado en la calle.
Estaba vivo.
Me acerqué y movió la cola. Una vecina me contó que lo habían llevado al veterinario y que había intentado darle comida, pero él no quiso comer.
En ese instante, el perro abrió los ojos. Nos miramos.
Y tomé una decisión.
Esa tarde, junto con mi hermano, lo llevamos a casa. La veterinaria fue clara: necesitaba tres días de observación y reposo. Solo quedaba esperar su evolución.
Fue una noche larga.
Respiraba con dificultad y se acurrucaba por el frío, aunque estaba cubierto con ponchos. Su pelaje estaba lleno de grasa y ceniza; las zonas sin pelo tenían úlceras. Estaba delgado y apenas podía caminar.
No sabía si sobreviviría hasta el día siguiente.
Le conté la situación a mi psicóloga y me dijo que los perros son resilientes.
Yo le creí.
Mi otro hermano lo vio todo maltrecho y decidió llamarlo Teo, por Teodoro: regalo de Dios.
Abel, el otro perro de la casa, lo observó a la distancia y decidió inmediatamente que no compartiría sus pelotas con él.
Así que las escondió.
Teo resultó ser, efectivamente, un perro resiliente. Su recuperación fue relativamente rápida.
Como era mayor y venía de una vida que desconocíamos, tuve que ayudarlo a adaptarse a la rutina de Abel para que pudieran convivir mejor. Al principio eran como agua y aceite; sus personalidades simplemente no congeniaban.
Hasta que descubrieron que podían organizarse para robar comida y hacer travesuras.
Entonces nació entre ellos una relación de hermandad que ninguno tenía con su familia humana. Nunca imaginé que Abel también necesitara la compañía de otro perro para no sentirse solo.
Pero no todo fue sencillo.
Teo traía consigo traumas de su vida anterior y secuelas del accidente. Hubo muchas noches de angustia, incertidumbre y miedo. Me preocupaba que no viviera mucho tiempo o que algún día se escapara.
Entrenarlo también podía resultar frustrante. Hubo momentos en los que pensé que quizá estaría mejor con alguien más capacitado para cuidarlo.
Esos pensamientos me abrumaban.
Un día leí que los perros viven en el presente.
Así que decidí intentar hacer lo mismo.
Aprendí a traer mis pensamientos al ahora, a vivir cada día prestando atención a lo que estaba haciendo y a encontrar momentos de calma.
Solo entonces comencé realmente a disfrutar el tiempo con él.
Mi gran reto con Teo fue aprender a salir a caminar. Nunca imaginé que pudiera ser tan complicado.
Caminar juntos requiere coordinación: evitar tropezarnos, entendernos y lograr que me preste atención fuera de casa.
Al principio todo parecía hostil. Tuve que aprender a convivir con otros perros, personas, automóviles, motocicletas y hasta con el clima.
Aprendí a fallar para avanzar.
Tuvimos paseos tranquilos y otros completamente caóticos. Pero poco a poco aprendí también a aceptar el ritmo de la caminata: avanzar despacio, detenernos cuando fuera necesario y luego continuar.
Con el tiempo, el ambiente de nuestros paseos cambió.
O quizá fui yo quien cambió la manera de verlo.
Teo se convirtió en un perro sabio y feliz. Caminar es su segunda actividad favorita; la primera, definitivamente, es comer.
Para mí, esos paseos se convirtieron en un respiro, un espacio de reflexión y conexión.
Cuanto más camino, más conozco a mi perro.
Tres años después, miro a Teo dormir y soñar y siento la dicha de haber convertido su segunda vida en un lugar seguro.
Pero con el tiempo entendí que yo también recibí una segunda oportunidad.
Cambié junto a él. Aprendí a enfocarme más en el presente, a aceptar otros ritmos y a encontrar compañía en medio de la soledad.
Como alguna vez le dije a mi psicóloga: todas las decisiones que he tomado en mi vida, buenas o malas, me llevaron a conocerlo aquel día.
Y quizá algunas historias comienzan precisamente así: con una decisión que parece transformar la vida de alguien más y termina transformando también la nuestra.
Teo, regalo de Dios, gracias por estar conmigo.
Ana María Velásquez
Médico de profesión, escritora por salud mental.
Escribo para sanar.
Blog: Margaritas para María
Instagram: @margaritas.books
Sigue leyendo