Heartbeats

Hay cosas que necesitan decirse

Hay silencios que son prudencia y otros que, con el tiempo, comienzan a crear distancia. Hablar a tiempo no garantiza obtener la respuesta que esperamos, pero puede evitar que aquello que nunca dijimos termine decidiendo por nosotros.

Hay cosas que necesitan decirse

Con esta nota cerramos “Conversaciones que evitamos”, una serie que nos llevó a hablar de aquello que duele, de los cambios que cuesta reconocer, de nuestros errores y, finalmente, de esas palabras que postergamos tanto que corremos el riesgo de permitir que el silencio termine hablando por nosotros.

No todo lo que pensamos necesita convertirse en una conversación. Hay momentos en los que guardar silencio es una muestra de prudencia, especialmente cuando estamos enojados, cuando todavía no comprendemos bien lo que sentimos o cuando sabemos que nuestras palabras únicamente servirían para lastimar. Con los años aprendemos que no todas las discusiones merecen nuestra energía y que tener algo que decir no significa necesariamente que sea el momento adecuado para decirlo. Pero existe otro tipo de silencio, uno mucho más difícil de reconocer: el que utilizamos para evitar aquello que sabemos que tarde o temprano tendremos que enfrentar.

A veces comienza con algo aparentemente pequeño. Una actitud que nos incomodó, una promesa que no se cumplió, una responsabilidad que siempre termina recayendo sobre nosotros o una conversación en la que sentimos que no fuimos escuchados. Decidimos dejarlo pasar porque no queremos crear un problema. Pensamos que quizá estamos exagerando o confiamos en que la otra persona se dará cuenta por sí sola. Sin embargo, cuando una situación se repite y continuamos sin hablar de ella, lo que parecía insignificante empieza a ocupar un espacio cada vez mayor.

Entonces sucede algo curioso: comenzamos a comportarnos diferente sin explicar por qué. Somos menos cercanos, contamos menos cosas, respondemos de otra manera o dejamos de buscar a esa persona con la misma frecuencia. Desde afuera puede parecer que nada ocurrió, pero por dentro hemos ido acumulando pequeñas decepciones que nunca tuvieron una conversación donde ser entendidas. Cuando finalmente alguien pregunta qué pasa, muchas veces respondemos “nada”, aunque detrás de esa palabra exista una historia completa.

Evitar una conversación puede producir una sensación momentánea de tranquilidad. Si no preguntamos, no tendremos que escuchar una respuesta que quizá nos duela. Si no expresamos aquello que necesitamos, evitamos la posibilidad de que la otra persona no pueda o no quiera ofrecérnoslo. Si no reconocemos que algo cambió, podemos continuar durante un tiempo fingiendo que todo sigue igual. El problema es que no hablar de una realidad no hace que esa realidad desaparezca.

Esto ocurre en las relaciones de pareja, pero también entre padres e hijos, hermanos, amistades y compañeros de trabajo. Hay familias enteras que aprenden a caminar alrededor de ciertos temas porque nadie quiere ser quien los coloque sobre la mesa. Hay amistades que terminan enfriándose sin que ninguna de las dos personas pueda identificar exactamente cuándo comenzó la distancia. En el trabajo, una molestia que pudo resolverse con una conversación de veinte minutos puede convertirse, meses después, en una relación deteriorada. Muchas veces no fue un gran acontecimiento lo que produjo la ruptura, sino una acumulación de pequeñas cosas que nadie quiso hablar cuando todavía eran pequeñas.

Por supuesto, hablar tampoco garantiza que todo termine bien. Podemos explicar cómo nos sentimos y descubrir que la otra persona ve las cosas de una manera completamente diferente. Podemos pedir perdón y encontrarnos con alguien que todavía necesita tiempo. Podemos expresar lo que esperamos de una relación y descubrir que aquello que queremos ya no coincide. Esa incertidumbre es precisamente lo que vuelve difíciles estas conversaciones, porque una vez que decimos la verdad ya no podemos controlar completamente lo que ocurrirá con ella.

Pero incluso una respuesta que no queríamos escuchar puede ayudarnos a tomar decisiones que llevábamos demasiado tiempo postergando. La claridad algunas veces duele, pero también permite avanzar. Lo contrario es construir nuestra vida alrededor de suposiciones: creer que alguien sabe cómo nos sentimos, esperar que algún día cambie sin haber hablado de ello o interpretar silencios y comportamientos intentando encontrar respuestas que nunca preguntamos directamente.

Y no todas las conversaciones pendientes nacen de un conflicto. También postergamos palabras buenas. Damos por hecho que nuestros padres saben cuánto los valoramos, que nuestros hijos conocen el orgullo que sentimos por ellos, que nuestros amigos entienden cuánto significaron en una etapa difícil o que nuestra pareja sabe que seguimos agradeciendo pequeñas cosas que hace todos los días. Pensamos que habrá otro momento para decir gracias, para reconocer, para abrazar, para pedir perdón o simplemente para decir “te quiero”. Probablemente lo habrá, pero quizá no deberíamos vivir como si el tiempo estuviera obligado a concedernos siempre otra oportunidad.

Hablar a tiempo no significa convertir cada emoción en una conversación profunda ni vivir explicándonos constantemente. Significa desarrollar la sensibilidad para reconocer cuándo algo merece palabras. Si una situación sigue apareciendo en nuestra mente, está modificando la manera en que tratamos a alguien o está creando una distancia que antes no existía, probablemente valga la pena hablar. Y si sentimos gratitud, admiración o cariño por alguien, tampoco necesitamos esperar una ocasión especial para expresarlo.

Quizá una pregunta sencilla pueda ayudarnos: si esta conversación nunca ocurriera, ¿me arrepentiría algún día de haber guardado silencio? Hay respuestas que nos mostrarán inmediatamente qué cosas pueden dejarse pasar y cuáles llevamos demasiado tiempo evitando.

A lo largo de esta serie hablamos de conversaciones difíciles porque forman parte inevitable de cualquier relación auténtica. Dijimos que algo nos dolió, aceptamos que nuestras prioridades pueden cambiar y reconocimos lo difícil que resulta pronunciar “me equivoqué” sin colocar una justificación inmediatamente después. Ninguna de esas conversaciones garantiza un final perfecto, pero todas comparten algo importante: permiten que las personas se relacionen con lo que realmente está ocurriendo y no únicamente con aquello que imaginan.

Tal vez de eso se trate aprender a comunicarnos mejor. No de decir todo, sino de saber qué no deberíamos seguir callando. De encontrar el momento, cuidar la forma y entender que hablar con honestidad también es una manera de cuidar los vínculos que nos importan.

Porque hay silencios que evitan heridas innecesarias y otros que lentamente construyen distancia. La madurez está en aprender a distinguirlos y, cuando corresponde, reunir el valor para sentarnos frente a alguien y tener esa conversación que llevamos demasiado tiempo dejando para después.

Hay cosas que pueden esperar. Pero hay otras que necesitan decirse mientras todavía estamos a tiempo de escucharnos.

"Manzana de oro con figuras de plata Es la palabra dicha como conviene."
— Proverbios 25:11 (Reina-Valera 1960)

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