Poder Femenino

La ración invisible

En “La ración invisible”, Justa de Monney comparte una reflexión nacida de su experiencia en comunidades rurales de Guatemala, donde observó cómo muchas madres y mujeres responsables del hogar se excluyen de las raciones de alimentos que preparan para los demás. El artículo aborda una realidad cotidiana y muchas veces normalizada: mujeres que cuidan, alimentan y sostienen a sus familias, pero que con frecuencia dejan su propio bienestar para el final. Una invitación a reconocer que cuidarse, alimentarse adecuadamente y compartir las responsabilidades del hogar también forman parte del valor y la dignidad de cada mujer.

La ración invisible

Una reflexión para las mujeres de la Guatemala profunda

Por Justa de Monney

Siempre que acompañé procesos de formación, planificación, diagnósticos, ejecución y otras actividades en comunidades rurales de Guatemala, viví, compartí y observé lo que llamo la ración invisible.

Las madres y las mujeres responsables de las familias muchas veces no se contaban dentro de las raciones de alimentos que preparaban. Cuando se les invitaba a sentarse con el grupo a comer, con frecuencia se resistían y respondían: “coman ustedes”, “yo como después”, “debo hacer algo”, “comeré más tarde”.

Así, la madre o la persona encargada de administrar los alimentos terminaba comiendo al final, si quedaba algo: un poco de caldo, una salsa o lo que permanecía en la olla.

Esta forma de actuar se ha repetido durante generaciones y refleja una realidad que merece atención: muchas mujeres priorizan constantemente la alimentación y el bienestar de los demás antes que el propio.

Cuando esa situación se vuelve habitual, puede afectar su bienestar físico y nutricional, especialmente si la alimentación es insuficiente o poco variada y si, además, la mujer lleva una fuerte carga de trabajo dentro y fuera del hogar.

Deseo profundamente que las mujeres que lean este artículo reconozcan el valor de su propia vida y comprendan que también deben incluirse dentro de los cuidados de la familia.

Quien prepara los alimentos, acompaña a los hijos, atiende a personas enfermas, organiza el hogar y sostiene tantas tareas cotidianas también necesita alimentarse de forma suficiente y adecuada.

Las mujeres no deben considerarse “las últimas” en la mesa.

También merecen una alimentación completa, descanso, atención y cuidado.

Hoy seguimos viendo que muchas mujeres cargan con una gran parte de las responsabilidades del hogar: cuidar a niñas y niños, acompañar a familiares enfermos, llevar a los hijos a la escuela, atender la ropa, preparar los alimentos, mantener la limpieza y responder a muchas otras necesidades de la familia.

Todo esto representa un desgaste físico y emocional importante.

Por eso también es fundamental que las responsabilidades del hogar sean compartidas y que hijos e hijas aprendan, desde el ejemplo, que el cuidado de la familia no corresponde únicamente a las mujeres.

Reconocer nuestro propio valor también significa incluirnos entre las personas que merecen ser cuidadas.

Parte dos

Todos los seres humanos necesitamos energía para realizar nuestras actividades diarias. Una forma sencilla de entenderlo es pensar en el cuerpo como un vehículo que necesita combustible para funcionar.

Ese “combustible” proviene de los alimentos que consumimos.

Cuando una persona recibe menos alimento del que necesita, o cuando su dieta es poco variada, puede sentirse con menos energía y experimentar molestias como cansancio, debilidad, dolor de cabeza, mareos o dificultad para concentrarse.

Estas señales pueden tener distintas causas, pero también pueden aparecer cuando el cuerpo no está recibiendo una alimentación adecuada.

Por eso es importante recordar que comer no es un privilegio ni algo que deba dejarse para “si sobra”.

La mujer que cuida a los demás también necesita alimentarse, descansar y atender su salud.

A veces, la ración más invisible no es la que falta en la mesa, sino la que una mujer deja de reservar para sí misma.

Y cambiar esa historia también comienza por reconocerse como alguien que merece cuidado.

Justa de Monney

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