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Marcela Castañeda Sarti: “Habitar el incendio” y transformar las heridas en una nueva historia

En “Habitar el incendio”, Marcela Castañeda Sarti explora las heridas que muchas veces permanecen ocultas, los silencios que se heredan y la posibilidad de transformar el dolor en conciencia, dignidad y una nueva manera de habitar nuestra propia historia. En esta entrevista especial para Revista Femenina, la escritora y comunicadora guatemalteca reflexiona sobre los mandatos impuestos a las mujeres, la romantización de la resiliencia, el valor de poner límites y el poder de la literatura para nombrar aquello que durante demasiado tiempo permaneció en silencio. Una conversación profunda sobre memoria, identidad, libertad y el fuego como territorio de transformación.

Marcela Castañeda Sarti: “Habitar el incendio” y transformar las heridas en una nueva historia

 

Entrevista especial | Revista Femenina

 

Conversamos con Marcela Castañeda Sarti sobre memoria, resiliencia, silencios femeninos y su nueva obra literaria.

Hay libros que nacen para contar una historia y otros que nacen porque ciertas historias ya no pueden seguir callándose.

En Habitar el incendio, la escritora y comunicadora guatemalteca Marcela Castañeda Sarti explora heridas personales y colectivas, silencios heredados y la capacidad de reconstruirnos después de aquello que alguna vez nos atravesó.

Su propuesta no habla de escapar del fuego, sino de permanecer frente a él, comprenderlo y permitir que las cenizas se conviertan en territorio para algo nuevo.

En Revista Femenina conversamos con Marcela sobre el origen de su obra, los mandatos que todavía pesan sobre muchas mujeres y las conversaciones que espera abrir a través de este libro.

Marcela, antes de convertirse en un libro, ¿cuál fue el primer “incendio” que dio origen a Habitar el incendio? ¿Hubo una experiencia, una herida, una historia o una pregunta que te hizo sentir: esto tengo que escribirlo?

Por supuesto. Y no solo uno, sino varios.

Creo que todas llevamos grietas profundas en la memoria, pero aprendemos desde muy pequeñas a maquillarlas y actuar como si nada pasara. Enterrar bajo la alfombra aquello que incomoda se nos vuelve una costumbre.

Con el tiempo te das cuenta de que estás llena de historias que ya no son únicamente tuyas. Hay grietas de otras mujeres, voces y ecos que resuenan en las entrañas.

Ahí nace una necesidad visceral: la certeza de que todo eso hay que nombrarlo y escribirlo.

El título es poderoso porque no habla de apagar el incendio ni de escapar de él, sino de “habitarlo”. ¿Qué significa para ti aprender a habitar aquello que alguna vez nos quemó?

Huir o apagar el fuego parece la reacción natural ante el dolor, pero casi siempre es una ilusión.

Los incendios que no se habitan quedan encendidos en el inconsciente como brasas encubiertas que van consumiéndolo todo a su paso.

Habitar el incendio significa tener la valentía de quedarte de pie en medio de la casa que arde; sentarte ante tus propias ruinas sin salir huyendo y aprender a respirar en medio del humo.

Y quiero recalcar que esto no es rendición: es presencia absoluta.

Solo cuando te atreves a mirar el dolor de cerca, deja de ser una amenaza y se convierte en un territorio de transformación.

Al final, las cenizas no son el fin de nada, sino el suelo fértil donde empieza a nacer lo nuevo.

En la obra aparecen los silencios, las voces apagadas y las heridas que muchas mujeres han cargado durante generaciones. ¿Cuáles son esos silencios femeninos que sentías que ya era urgente nombrar?

El silencio más peligroso es el que se hereda y se disfraza de virtud.

Históricamente, a las mujeres se les ha enseñado a sonreír con la garganta apretada, a tragar el dolor para no incomodar y a ser el pilar inquebrantable del entorno mientras por dentro se desmoronan en soledad.

Existía la urgencia de nombrar el cansancio histórico de encarnar siempre a “la mujer fuerte”, la culpa inmerecida que surge al buscar la propia voz, el deseo sofocado bajo el peso del “deber ser” y la violencia sutil que habita en la exigencia de abnegación.

Había que decir en voz alta que el silencio no protege a nadie: el silencio devora.

Nombrar estos silencios es una forma de devolver la voz a generaciones de mujeres que tuvieron que callar y abrir espacio para tejer los puentes de conversación que hoy son tan necesarios.

En uno de los textos que acompaña el libro se afirma: “Aquí no hay espacio para el victimismo”. ¿Cómo se escribe sobre dolor, violencia y adversidad sin convertir a la mujer únicamente en víctima de aquello que ha vivido?

Hay una gran diferencia entre asumir la fragilidad y perpetuar una postura de víctima.

La victimización inmoviliza, dejando que lo sucedido tenga la última palabra sobre quiénes somos.

Abordar los momentos difíciles desde la literatura requiere devolverle a la mujer su poder de elección. Se atiende el sufrimiento sin rodeos, pero rehusándose a convertir la caída en el único destino.

El acontecimiento es inevitable; la respuesta ante él es un acto de libertad.

Aun entre las cenizas o el barro, la dignidad humana siempre termina por abrirse camino.

Habitar el incendio parece moverse entre heridas personales y heridas colectivas. ¿Cuánto de Marcela existe dentro de estas páginas y cuánto pertenece a las historias de otras mujeres que, de alguna manera, también terminaron habitando el libro?

En la literatura, la frontera entre lo íntimo y lo universal es casi invisible.

Si bien todo libro nace de una sensibilidad concreta y de una búsqueda sincera, la historia rápidamente deja de pertenecerle a quien la escribe.

A lo largo de la narración, las fronteras se borran para dar paso a un diálogo con el entorno. Las vivencias y los silencios de otras mujeres se integran de forma orgánica en la trama.

Al final, quien escribe actúa únicamente como el cauce, pero la corriente que mueve el relato es una vivencia viva y compartida.

Durante mucho tiempo se han impuesto expectativas sobre el cuerpo, la conducta, la maternidad, el amor, la sexualidad y hasta la forma en que una mujer debe soportar el dolor. ¿Qué mandatos femeninos quisiste cuestionar o romper desde esta obra?

El principal mandato a derribar es el del sacrificio incondicional.

La idea de que una mujer debe anularse y soportarlo todo para ser valiosa es una narrativa urgente de desmontar.

En la obra cuestiono la exigencia estética, el juicio sobre el propio cuerpo y la culpa por sentir incluso enojo o inconformidad.

Ese enojo no es necesariamente un defecto; también puede ser un fuego de límites y protección.

Quise cuestionar el mandato de la perfección constante.

Este libro defiende el derecho a la fragilidad, a la duda, al límite y a la reconstrucción desde la propia libertad.

La resiliencia suele presentarse como la capacidad de soportarlo todo, especialmente cuando se habla de mujeres fuertes. ¿Crees que hemos romantizado demasiado esa idea? ¿Puede ser también resiliencia decir “no puedo más”, poner un límite, marcharse o elegir una vida diferente?

Totalmente.

Se ha romantizado la resiliencia hasta convertirla, muchas veces, en un mecanismo de explotación emocional.

El elogio de “qué mujer tan fuerte” puede funcionar como una coartada para no asumir ni reparar las injusticias que están aplastando a esa persona.

La verdadera resiliencia no consiste en volverse de piedra ni en soportar la carga hasta que la espalda se quiebre.

Decir “no puedo más” es, en realidad, uno de los actos de mayor valentía y lucidez que existen.

Poner un límite firme, soltar lo que daña, retirarse de donde no hay espacio para la dignidad y elegir una vida diferente jamás es una debilidad.

Es un acto radical de preservación y respeto propio.

Tu escritura ha sido descrita como poética, visceral y punzante. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre escribir con belleza y, al mismo tiempo, no suavizar aquello que necesitaba ser contado con crudeza?

Transformar lo duro en algo poético responde a una necesidad del alma humana.

Es la búsqueda de un lenguaje que permita nombrar la herida sin quedarse atrapados en la crudeza.

La poesía no busca esconder la verdad; funciona como un puente que permite tocar la sombra, entenderla y darle sentido sin perder la luz.

El libro también fue concebido como un objeto artístico, con Magna Terra Editores y una obra de Mendel Samayoa en la portada. ¿Qué representa esa imagen para ti y cómo dialogan el fuego, los colores y la propuesta visual con lo que el lector encontrará dentro?

El libro es un objeto integral, un cuerpo donde el texto y la imagen se abrazan.

Trabajar con Magna Terra Editores, contar con el respaldo de Gerardo Guinea Diez y con la generosidad artística de Mendel Samayoa fue un privilegio absoluto.

Los trazos de Mendel poseen una fuerza visceral que capta exactamente la tensión entre la destrucción y la creación.

El fuego en sus colores no representa solo ruina; es una luz intensa que estalla en movimiento.

Esta propuesta visual le avisa al lector que no sostiene un texto tibio, sino una experiencia emotiva que empieza desde la portada.

De hecho, la fuerza de esa obra fue tan determinante que terminó por definir el título de la novela.

Cuando una mujer cierre la última página de Habitar el incendio, ¿qué quisieras que haya cambiado dentro de ella? Y más allá de las mujeres, ¿qué conversación te gustaría que este libro provocara también en los hombres, las familias y nuestra sociedad?

Me gustaría que, al cerrar la última página, una mujer no se sienta sola.

Que sienta un abrazo profundo y entienda que sus grietas no son una vergüenza ni un defecto, sino la prueba de que ha sobrevivido y de que tiene el poder de rehacerse.

Y más allá de las mujeres, espero que este libro abra una grieta de empatía en los hombres y en las familias.

Quisiera que sirva para que los hombres escuchen sin ponerse a la defensiva, que comprendan las cargas silenciosas que históricamente han llevado las mujeres a su alrededor y que nos cuestionemos como sociedad qué tipo de relaciones y de estructuras estamos construyendo.

Si el libro logra que al menos en una mesa o en una casa se hable de aquello de lo que antes se callaba, entonces el fuego habrá cumplido su verdadera misión:

iluminar.

Lic. Marcela Castañeda Sarti
Escritora y Comunicadora Guatemalteca

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