Poder Femenino
Resiliencia en medio del dolor: el relato de una abuela
En “Resiliencia en medio del dolor: el relato de una abuela”, Donna Suseth Alvarado comparte una experiencia profundamente personal: la enfermedad y posterior pérdida de su única nieta, justo cuando comenzaba una nueva etapa de su vida tras jubilarse. El relato habla de cuidado, fe, duelo, familia y de la fuerza que puede surgir en medio de una pérdida devastadora. También muestra cómo esa experiencia transformó su propósito y despertó en ella el deseo de acompañar a otras mujeres en sus propios procesos de superación. Una historia sensible sobre aprender a vivir con la ausencia y elegir seguir adelante sin dejar de honrar el amor vivido.
La jubilación llegó a mi vida como un regalo esperado.
Después de veintiséis años dedicados a la docencia y al acompañamiento de estudiantes adolescentes, soñaba con dedicar mis días a aquello que más llenaba mi corazón: compartir tiempo con mi familia y, especialmente, con mi única nieta.
Imaginaba tardes ayudándola con sus tareas —aunque, siendo sincera, pocas veces lo necesitaba porque era una niña muy inteligente—, paseos, helados, conversaciones interminables sobre sus sueños y pequeños proyectos juntas.
Mi nieta era un ser excepcional. Estudiaba karate y música, dibujaba con una habilidad sorprendente para su edad, cantaba hermoso y tenía un corazón enorme.
Yo soñaba con convertirme no solo en su abuela, sino también en su compañera, confidente y amiga.
Incluso me había prometido ayudarme a desarrollar un curso de inglés para niños con personajes creados por ella, para hacerlo dinámico y especial.
Pero la vida cambió nuestros planes.
Un día mi nieta enfermó y cayó en cama. La jubilación que había imaginado como una etapa de disfrute se convirtió en un tiempo de cuidado.
En lugar de paseos y juegos, comenzaron las visitas para sus tratamientos. Fueron días de lucha, lágrimas, abrazos y aprendizajes.
Ella me enseñó más de lo que alguna vez imaginé enseñarle yo.
Me habló, con su manera de ser, del perdón, del amor verdadero y de la fortaleza.
Aprendí incluso a inyectar, con miedo y lágrimas en los ojos, pidiéndole perdón por cualquier dolor que pudiera causarle y pensando únicamente en aliviarla.
Fue un giro que jamás habría anticipado, pero que asumí con amor y entrega.
También admiré profundamente la fortaleza de mi hija. Ver a una madre acompañar a su hija enferma, sin descanso y entregando todo su tiempo, me enseñó otra forma de valentía.
Muchas veces me pregunté por qué mi jubilación había llegado justamente de esa manera.
Con el tiempo dejé de mirar únicamente lo que no pude vivir y comencé a agradecer lo que sí tuve.
Pude estar a su lado.
Pude sostener su mano.
Pude acompañarla en su batalla.
Pude demostrarle con hechos que mi amor era incondicional.
Aunque el dolor fue inmenso, haber sido parte de su historia hasta el final me dio una fortaleza que no sabía que tenía.
Hoy sigo confiando en que Dios tiene el control, incluso cuando no comprendo sus planes.
Mi jubilación no fue como la soñé, pero terminó convirtiéndose en un tiempo sagrado: un espacio para amar de una manera más profunda.
La ausencia de mi nieta sigue conmigo cada día, pero también permanece todo lo que ella dejó en mí.
Aprendí que la resiliencia no significa negar el dolor ni dejar de llorar.
Para mí, significa seguir adelante con fe aun cuando algunas preguntas no tengan respuesta.
He vivido otras experiencias difíciles a lo largo de mi vida: engaños, traiciones, abusos y momentos que también dejaron heridas.
Pero la muerte de mi única nieta, a sus 14 años, marcó mi existencia de una manera distinta.
Fue entonces cuando comprendí que la resiliencia no es solamente una palabra bonita.
Es una fuerza que se construye día tras día.
En medio del dolor.
En la incertidumbre.
En aquellos momentos en los que levantarse parece demasiado difícil.
La pérdida también me enseñó algo más: el amor y el apoyo de la familia y las amistades pueden convertirse en un refugio fundamental.
Y aunque no podemos elegir todas las experiencias que llegan a nuestra vida, sí podemos elegir qué hacemos con ellas.
Hoy, con el corazón marcado por la ausencia, elijo ser una mujer resiliente.
Elijo transformar el dolor en fortaleza.
Elijo sostener mi fe.
Elijo agradecer.
Elijo continuar.
Gran parte de esa forma de enfrentar la vida nació también del ejemplo de mi madre.
Crecí viendo a una mujer que no se rendía ante las adversidades. Su fortaleza y perseverancia me enseñaron a enfrentar los retos y a construir mi propio camino.
Todo lo vivido me llevó a tomar una decisión: dedicar tiempo a reconstruirme y, al mismo tiempo, acompañar a otras mujeres en sus procesos de superación.
Comprendí que la resiliencia no tiene que quedarse únicamente en nuestra historia personal.
También podemos compartir lo aprendido.
Hoy deseo recordarles a otras mujeres que ninguna debería sentirse sola frente a la adversidad y que siempre vale la pena buscar apoyo, herramientas y personas que puedan acompañarnos.
Por eso he decidido dedicar parte de mi tiempo, esfuerzo y experiencia a crear un taller para mujeres junto a profesionales de distintas áreas —psicología, educación, sociología, economía y otras disciplinas— con el propósito de compartir herramientas para enfrentar momentos difíciles y seguir adelante.
Las mujeres somos capaces de reconstruirnos, apoyarnos y comenzar nuevamente.
No porque el dolor desaparezca.
Sino porque aprendemos a caminar con él de una manera distinta.
Hoy puedo mirar mi historia y decir:
Yo elegí no rendirme. Elegí agradecer. Elegí confiar. Y en esa elección descubrí que también puedo transformar mi dolor en propósito.
Donna Suseth Alvarado Castillo
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Profesora jubilada del Estado
Docente de inglés por 26 años
Profesora en Pedagogía y Licenciada en Administración Educativa
Profesora de Inglés y Especialista en Tecnología
Actualmente imparte cursos libres de inglés
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