Pulso interior

El éxito que ya no quiero perseguir

Nuestra definición de éxito también cambia. Lo que alguna vez significó llegar más lejos puede comenzar a significar tener más tiempo, autonomía o tranquilidad. La pregunta no es únicamente qué queremos conseguir, sino qué clase de vida tendremos que construir para conseguirlo.

El éxito que ya no quiero perseguir

En esta tercera entrega de “La vida que estamos construyendo” quiero hablar de una idea que puede resultar incómoda cuando hemos dedicado años a alcanzar determinadas metas: ¿qué pasa cuando aquello que antes llamábamos éxito deja de parecernos una vida deseable?

Durante mucho tiempo aprendemos a reconocer el éxito por señales bastante visibles. Un mejor puesto, más ingresos, una casa más grande, determinados viajes, reconocimiento profesional, un negocio que crece o la posibilidad de demostrar que finalmente llegamos a ese lugar que alguna vez parecía lejano. No hay nada malo en querer esas cosas. Tener ambición, buscar estabilidad económica, crecer profesionalmente y disfrutar los resultados de nuestro esfuerzo también puede formar parte de una vida plena. El problema aparece cuando seguimos persiguiendo una definición de éxito que ya no nos pertenece.

A los veinte años podemos estar dispuestos a trabajar hasta cualquier hora porque queremos demostrar de qué somos capaces. A los treinta quizá nuestra prioridad sea construir estabilidad. Más adelante pueden aparecer otras preguntas: cuánto tiempo tenemos para nuestra familia, cuándo fue la última vez que descansamos sin sentir culpa, qué pasó con las amistades que dejamos de frecuentar o por qué alcanzar una nueva meta produce satisfacción durante unas semanas y después sentimos que necesitamos inmediatamente la siguiente.

No necesariamente perdimos la ambición. Quizá simplemente cambiamos.

Con los años comenzamos a comprender que cada logro tiene un costo, aunque no siempre aparezca en una cuenta bancaria. Una oportunidad profesional puede exigir más tiempo lejos de casa. Un negocio puede crecer mientras nuestra capacidad de desconectarnos desaparece. Ganar más dinero puede mejorar muchas áreas de nuestra vida, pero también puede venir acompañado de responsabilidades que ocupan prácticamente todos nuestros días. Incluso aquello que deseamos profundamente puede terminar pidiéndonos más de lo que alguna vez imaginamos.

Por eso una de las preguntas más importantes de la vida adulta no es solamente “¿puedo conseguirlo?”, sino también “¿quiero la vida que tendré que vivir para conseguirlo?”.

Son preguntas distintas.

Podemos tener la capacidad para llegar más lejos profesionalmente y decidir que no queremos entregar ciertas cosas a cambio. También podemos encontrarnos en el momento contrario: quizá estamos dispuestos a trabajar intensamente durante algunos años porque existe una meta que verdaderamente importa para nosotros. Ninguna de esas decisiones debería tomarse únicamente desde las expectativas de los demás. El punto no es renunciar a crecer, sino entender qué significa crecer para nosotros en esta etapa de la vida.

Esto se vuelve particularmente difícil porque el éxito también tiene una dimensión social. Es fácil explicar que nos ascendieron; resulta mucho más complicado explicar que rechazamos un puesto porque queríamos recuperar tiempo. Es sencillo mostrar una compra importante; nadie publica una fotografía de la tranquilidad de no haberse endeudado para impresionar. Podemos anunciar que una empresa creció, pero rara vez contamos que decidimos no expandirla porque el tamaño que tenía ya nos permitía vivir como queríamos.

Hay decisiones que desde afuera pueden parecer falta de ambición y desde adentro representan una enorme claridad.

También ocurre lo contrario. Algunas personas desean construir grandes empresas, ocupar posiciones importantes, competir, crear patrimonio o dedicar una parte considerable de su vida a una profesión que aman. Eso tampoco debería mirarse con sospecha. El problema nunca fue querer mucho. El problema es perseguir algo únicamente porque aprendimos que eso era lo que una persona exitosa debía querer.

Tal vez por eso necesitamos revisar de vez en cuando nuestra propia definición de éxito.

Puede que antes significara reconocimiento y ahora signifique autonomía. Quizá durante años fue ganar más y hoy también incluye tener tiempo para disfrutar aquello que ganamos. Para alguien puede ser dirigir una compañía y para otra persona poder cerrar la computadora a las cinco de la tarde. Puede significar construir patrimonio para nuestros hijos, comenzar nuevamente a los cuarenta, cuidar a nuestros padres, trabajar desde cualquier lugar, tener una casa llena de gente o disfrutar profundamente de una vida mucho más sencilla.

Ninguna definición funciona para todos.

Y quizá ahí está una de las trampas: intentar vivir una vida que se ve exitosa desde afuera mientras nosotros somos los únicos que conocemos el costo de sostenerla.

A veces ese descubrimiento llega después de conseguir precisamente aquello que queríamos. Alcanzamos el puesto, compramos algo que durante años estuvo en nuestra lista, llegamos a cierta cifra o recibimos el reconocimiento que esperábamos y descubrimos que la satisfacción existe, pero no dura como imaginábamos. No significa que el logro carezca de valor. Significa que ninguna meta puede cargar por sí sola con la responsabilidad de darle sentido completo a nuestra vida.

Por eso cambiar nuestra definición de éxito no debería avergonzarnos. Lo que queríamos hace diez años respondía a quien éramos entonces. Hoy tenemos experiencias, responsabilidades, pérdidas, personas y prioridades que quizá no existían cuando trazamos aquel plan.

Madurar también puede consistir en dejar de perseguir ciertas metas sin sentir que estamos fracasando.

Hay sueños que todavía merecen esfuerzo. Hay metas por las que vale la pena levantarnos temprano, asumir riesgos y trabajar durante años. Pero también existen carreras que estamos corriendo únicamente porque nunca nos detuvimos a preguntar si todavía queríamos llegar a esa meta.

Tal vez el éxito no consista en querer cada vez menos ni cada vez más. Quizá consista en aprender a querer mejor: saber qué estamos dispuestos a perseguir, qué precio podemos pagar sin perdernos en el camino y qué cosas, aunque se vean impresionantes desde afuera, ya no necesitamos demostrar.

Porque llega un momento en el que alcanzar más deja de ser la única pregunta.

También necesitamos preguntarnos si la vida que existe alrededor de nuestros logros sigue siendo una vida que queremos vivir.

"Mejor es lo poco con el temor de Jehová, Que el gran tesoro donde hay turbación."
— Proverbios 15:16 (Reina-Valera 1960)

Mañana no te pierdas: ¿Qué estás sacrificando para conseguirlo? — Cuando alcanzar nuestras metas empieza a costarnos tiempo, tranquilidad, salud o relaciones

Sigue leyendo