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No saber estar solos

Estamos permanentemente conectados, pero cada vez dejamos menos espacio para encontrarnos con nosotros mismos. Aprender a estar solos no significa aislarnos, sino descubrir que nuestra propia compañía también puede ser suficiente.

No saber estar solos

En esta cuarta entrega de “Lo que normalizamos” hablamos de algo que parece contradictorio en una época donde nunca habíamos tenido tantas formas de estar conectados: cada vez nos cuesta más estar solos. Basta observar cualquier momento de espera para comprobarlo. Una fila, un ascensor, una mesa antes de que llegue alguien o unos minutos dentro del automóvil se convierten inmediatamente en una oportunidad para sacar el teléfono. El silencio parece haberse transformado en un espacio que necesitamos llenar.

Estar solos y sentir soledad no son exactamente lo mismo. Podemos experimentar una profunda sensación de aislamiento rodeados de personas y, al mismo tiempo, disfrutar enormemente una tarde sin compañía. Una cosa habla de ausencia de conexión; la otra, simplemente de nuestra capacidad para permanecer con nosotros mismos sin sentir que algo falta.

Sin embargo, hemos construido una vida donde casi siempre existe alguna manera de escapar de ese encuentro.

Si aparece el aburrimiento, abrimos una red social. Si surge una preocupación, buscamos una serie. Si sentimos incomodidad, escribimos a alguien. Si llega el silencio, colocamos música, un podcast o cualquier contenido que impida que nuestra mente permanezca demasiado tiempo sin estímulos. Ninguna de estas cosas es negativa por sí misma. El problema aparece cuando descubrimos que ya no sabemos qué hacer cuando todas desaparecen.

Porque el silencio tiene una característica incómoda: tarde o temprano comienza a mostrarnos aquello que el ruido mantiene escondido.

En esos momentos pueden aparecer preguntas que hemos postergado. ¿Estoy viviendo como realmente quiero? ¿Por qué determinada situación continúa afectándome? ¿Estoy satisfecho con mis decisiones? ¿Qué necesito cambiar? ¿Por qué sigo buscando aprobación? ¿Qué conversación estoy evitando?

Quizá por eso muchas veces no tememos exactamente estar solos.

Tememos aquello que podemos escuchar cuando ya no tenemos distracciones.

También existe una presión social alrededor de la soledad. Comer solo, viajar solo, ir al cine sin compañía o sentarse en una cafetería sin esperar a nadie todavía puede interpretarse como señal de que algo falta. Pareciera que necesitamos demostrar permanentemente que tenemos planes, amigos, conversaciones y lugares a los cuales pertenecer.

Pero aprender a disfrutar nuestra propia compañía no significa rechazar a los demás.

Al contrario, puede mejorar profundamente la manera en que nos relacionamos.

Cuando necesitamos permanentemente compañía para sentirnos bien, corremos el riesgo de aceptar vínculos que no nos hacen bien únicamente para evitar el vacío. Permanecemos en conversaciones que ya no nos aportan, toleramos comportamientos que normalmente cuestionaríamos o buscamos atención donde sabemos que no existe verdadera reciprocidad.

El miedo a estar solos puede hacer que cualquier presencia parezca mejor que ninguna.

Y no siempre lo es.

Aprender a estar solos también nos permite descubrir quiénes somos cuando nadie está opinando. Qué música realmente disfrutamos, qué lugares queremos conocer, qué queremos hacer con nuestro tiempo y qué decisiones tomaríamos si no necesitáramos explicarlas constantemente. Hay una identidad que solo puede aparecer cuando dejamos de mirarnos a través de los ojos de los demás.

Eso no significa convertir la independencia en aislamiento. Necesitamos comunidad, amistad, familia, conversación y afecto. Somos seres profundamente sociales. Pedir ayuda y buscar compañía también son necesidades legítimas. El equilibrio está en poder decir “necesito a los demás” sin convertirlo en “no puedo estar conmigo”.

Tal vez podríamos comenzar recuperando pequeños espacios.

Tomar un café sin revisar el teléfono cada minuto. Caminar algunas cuadras sin audífonos. Manejar ocasionalmente sin llenar inmediatamente el automóvil de ruido. Comer solos sin sentir que debemos aparentar estar ocupados. Sentarnos unos minutos simplemente a pensar.

Al principio puede sentirse extraño.

No porque estar solos sea necesariamente incómodo, sino porque hemos perdido práctica.

Después ocurre algo interesante: comenzamos a reconocer nuestros pensamientos antes de que alguien más los interprete, a distinguir nuestras necesidades de las expectativas ajenas y a descubrir que nuestra propia compañía también puede convertirse en un lugar seguro.

La vida seguirá llenándose de personas. Algunas permanecerán durante décadas y otras solamente caminarán junto a nosotros durante una temporada. Habrá encuentros, despedidas, amistades, relaciones y momentos extraordinariamente compartidos.

Pero existe una persona que estará presente durante absolutamente todos ellos.

Nosotros mismos.

Quizá por eso aprender a estar solos no sea aprender a vivir sin los demás.

Es aprender a no abandonarnos cuando los demás no están.

"Estad quietos, y conoced que yo soy Dios."
— Salmos 46:10 (Reina-Valera 1960)

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