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Opinar de la vida ajena

Las redes nos permiten observar fragmentos de miles de vidas, pero ver una parte no significa conocer toda la historia. Quizá necesitamos aprender que no toda decisión ajena requiere nuestra opinión.

Opinar de la vida ajena

En esta sexta entrega de “Lo que normalizamos” hablamos de una costumbre que probablemente todos hemos practicado alguna vez: opinar sobre decisiones que no nos corresponde tomar. Las redes sociales multiplicaron el fenómeno, pero no lo inventaron. Desde hace mucho juzgamos relaciones, cuerpos, maternidad, carreras, dinero, divorcios, formas de vestir y maneras de vivir. Lo diferente es que ahora podemos hacerlo frente a cientos de personas y, muchas veces, sobre alguien a quien ni siquiera conocemos.

Vemos una fotografía y creemos entender una relación. Escuchamos treinta segundos de una historia y construimos un diagnóstico completo sobre una persona. Observamos cómo alguien educa a sus hijos, administra su dinero o atraviesa una separación y rápidamente aparece una sentencia: “yo jamás haría eso”.

Quizá no.

Pero tampoco estamos viviendo su vida.

Hay una enorme diferencia entre tener una opinión y asumir que nuestra opinión debe convertirse en veredicto. Podemos no compartir una decisión, cuestionar una conducta o pensar completamente distinto sin creer que conocemos todas las circunstancias que llevaron a alguien hasta allí.

Porque casi siempre opinamos con información incompleta.

Vemos a una mujer que dejó su trabajo y alguien dice que desperdició su carrera, sin conocer aquello que ocurre dentro de su hogar. Vemos a otra que decidió priorizar su profesión y aparece quien cuestiona sus prioridades. Si una persona permanece soltera, preguntamos cuándo encontrará pareja. Cuando tiene pareja, preguntamos cuándo se casará. Después viene la pregunta sobre los hijos y, si llegan, comienzan las opiniones sobre cómo debería criarlos.

Pareciera que algunas vidas deben cumplir un calendario diseñado colectivamente por personas que no tendrán que vivir sus consecuencias.

El cuerpo femenino conoce especialmente bien este escrutinio. Si alguien sube de peso, alguien lo nota. Si baja demasiado, también. Si envejece naturalmente, aparecen comentarios; si decide realizarse algún procedimiento estético, aparecen otros. Nos hemos acostumbrado tanto a observar cuerpos ajenos que a veces olvidamos una regla elemental: poder ver algo no significa que tengamos derecho a comentarlo.

Las redes además eliminaron parte de la distancia que antes existía entre pensamiento y palabra.

Podemos escribir en segundos aquello que jamás diríamos mirando a alguien a los ojos. Detrás de una pantalla resulta sencillo olvidar que del otro lado existe una persona real que puede estar atravesando inseguridades, pérdidas, problemas familiares o simplemente intentando vivir de la mejor manera que sabe.

La libertad para expresar una opinión también debería venir acompañada de la capacidad de preguntarnos si esa opinión aporta algo.

No todo pensamiento necesita convertirse en comentario.

No toda diferencia necesita una discusión.

No toda decisión ajena requiere nuestra aprobación.

Esto tampoco significa dejar de señalar comportamientos dañinos o guardar silencio ante situaciones injustas. Existen momentos donde hablar es necesario. Una cosa es cuestionar responsablemente una conducta que afecta a otros y otra muy distinta utilizar nuestras preferencias personales como reglas universales para decidir cómo deberían vivir los demás.

También conviene observar qué ocurre dentro de nosotros cuando sentimos la necesidad constante de evaluar vidas ajenas.

A veces juzgar proporciona una sensación momentánea de superioridad. Comparar decisiones puede tranquilizarnos: “yo lo habría hecho mejor”, “a mí nunca me pasaría”, “yo jamás permitiría eso”. Pero la vida tiene una manera peculiar de enfrentarnos con circunstancias que desde afuera parecían muy sencillas.

Muchas opiniones cambian cuando dejamos de observar una situación y nos toca vivirla.

Quizá por eso la empatía necesita imaginación. Significa reconocer que existe información que no tenemos, dolores que no conocemos y decisiones cuya complejidad jamás aparecerá completa en una fotografía, un video o una conversación.

Podemos aprender a sustituir algunas sentencias por preguntas.

En lugar de “¿cómo pudo permitirlo?”, preguntarnos “¿qué habrá vivido para llegar hasta allí?”. En lugar de “yo jamás haría eso”, aceptar que probablemente no sabemos exactamente qué haríamos bajo circunstancias diferentes.

Y también podemos aprender algo todavía más sencillo: respetar decisiones que no comprendemos cuando no perjudican a nadie.

Cada persona está intentando construir una vida con las herramientas, experiencias, heridas, oportunidades y conocimientos que tiene en este momento. Algunas decisiones serán extraordinarias. Otras terminarán convirtiéndose en aprendizajes. Exactamente igual que las nuestras.

Tal vez necesitamos devolverle a la vida privada algo que hemos ido perdiendo: el derecho a no ser evaluada permanentemente.

Podemos mirar sin juzgar.

Escuchar sin sentenciar.

Discrepar sin humillar.

Y permitir que otras personas escriban una historia diferente de la que nosotros habríamos elegido.

Porque tener una opinión es inevitable.

Creer que siempre debemos expresarla es otra cosa.

"El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias."
— Proverbios 21:23 (Reina-Valera 1960)

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