Pulso interior

Vivir siempre con prisa

Nos hemos acostumbrado tanto a correr que incluso cuando nadie nos está apurando sentimos que deberíamos ir más rápido. Tal vez vivir mejor no siempre signifique hacer más, sino estar verdaderamente presentes.

Vivir siempre con prisa

En esta octava entrega de “Lo que normalizamos” hablamos de una sensación que se ha instalado silenciosamente en nuestra rutina: vivir con prisa. Despertamos mirando la hora, desayunamos pensando en el tráfico, respondemos mensajes mientras hacemos otra cosa, caminamos revisando el teléfono y terminamos una tarea pensando inmediatamente en la siguiente. Incluso cuando aparentemente no estamos llegando tarde a ningún lugar, sentimos que deberíamos movernos más rápido.

La prisa dejó de ser una respuesta excepcional para convertirse en una manera de funcionar.

Comemos rápido. Manejamos rápido. Contestamos rápido. Decidimos rápido. Escuchamos audios acelerados para ahorrar minutos y consumimos videos cada vez más cortos porque cualquier contenido que exige demasiado tiempo comienza a parecernos largo. Queremos resultados profesionales rápidos, relaciones definidas rápidamente, negocios que crezcan inmediatamente y respuestas para problemas que probablemente necesitaron años para construirse.

Nos estamos acostumbrando a esperar poco.

Y la vida no siempre funciona a esa velocidad.

Hay cosas que necesitan tiempo precisamente porque son importantes. Construir confianza, aprender una habilidad, desarrollar una carrera, levantar una empresa, sanar después de una pérdida, conocer verdaderamente a una persona, criar hijos, reconstruir una relación o entendernos mejor a nosotros mismos son procesos difíciles de acelerar sin perder algo en el camino.

Pero la prisa tiene otra consecuencia menos evidente: puede robarnos presencia.

Podemos estar desayunando con nuestra familia mientras mentalmente ya estamos en la primera reunión. Llegamos al trabajo pensando en aquello que debemos resolver por la tarde. Durante las vacaciones revisamos pendientes. En una conversación miramos discretamente el teléfono porque sentimos que algún mensaje podría necesitar nuestra atención.

Estamos en muchos lugares sin terminar de estar completamente en ninguno.

Y quizá por eso algunos días parecen desaparecer.

Llegamos a la noche agotados, hicimos muchísimo, resolvimos pendientes y contestamos decenas de mensajes, pero resulta difícil recordar algún momento concreto que realmente hayamos disfrutado. Estuvimos ocupados viviendo el día, pero casi no tuvimos tiempo para sentirlo.

La prisa también afecta nuestra manera de relacionarnos.

Cuando tenemos poco tiempo escuchamos para responder en lugar de escuchar para comprender. Interrumpimos. Terminamos frases ajenas. Queremos solucionar rápidamente aquello que quizá alguien únicamente necesitaba contar. Las conversaciones profundas requieren algo que nuestra época protege cada vez menos: tiempo sin la sensación permanente de que deberíamos estar haciendo otra cosa.

Incluso hemos convertido la espera en algo intolerable.

Un semáforo tarda demasiado. Una página que demora segundos en cargar nos desespera. Una fila de diez minutos parece una pérdida de tiempo. Mientras esperamos, inmediatamente buscamos el teléfono porque permanecer simplemente quietos se siente improductivo.

Sin embargo, no todo minuto necesita ser aprovechado.

Algunos pueden simplemente pasar.

Quizá una de las habilidades más necesarias actualmente sea recuperar la capacidad de hacer una cosa a la vez. Comer mientras comemos. Escuchar mientras alguien habla. Caminar mientras caminamos. Trabajar cuando corresponde trabajar y permitirnos descansar cuando llega el momento de hacerlo.

No necesitamos convertir cada espacio disponible en una oportunidad para producir.

También conviene preguntarnos de dónde viene nuestra prisa. A veces existe una razón concreta: responsabilidades, horarios, hijos, trabajo, compromisos. Pero otras veces seguimos acelerados incluso cuando nadie nos está apurando.

Entonces quizá la presión ya no viene de afuera.

La llevamos dentro.

Sentimos que detenernos significa perder oportunidades. Que alguien avanzará mientras nosotros descansamos. Que debemos aprovechar cada minuto porque existe demasiado por conseguir. Y así podemos pasar años preparándonos para una vida que supuestamente disfrutaremos después.

Después del próximo ascenso.

Después de terminar el proyecto.

Después de pagar la deuda.

Después de alcanzar determinada meta.

Después.

Hasta que descubrimos que la vida nunca ocurrió después.

Estaba ocurriendo mientras corríamos.

Esto no significa vivir sin ambición, abandonar nuestras responsabilidades ni avanzar lentamente por obligación. Existen momentos donde necesitamos velocidad, decisiones rápidas y jornadas intensas. La diferencia está en saber cuándo estamos corriendo porque la situación lo exige y cuándo simplemente olvidamos cómo caminar.

Tal vez necesitemos recuperar pequeños actos de lentitud.

Dejar el teléfono lejos durante una comida. Llegar diez minutos antes para no comenzar cada actividad acelerados. Escuchar una canción completa sin hacer otra cosa. Conversar sin mirar la hora. Caminar algunas cuadras simplemente observando aquello que ocurre alrededor.

No cambiarán nuestras responsabilidades.

Pero pueden cambiar nuestra experiencia de ellas.

Porque vivir más despacio no significa necesariamente hacer menos.

Puede significar estar más presentes en aquello que sí hacemos.

Algún día seguramente recordaremos grandes acontecimientos: viajes, logros, celebraciones y decisiones importantes. Pero buena parte de nuestra vida estará formada por cosas mucho más pequeñas: desayunos, trayectos, conversaciones, tardes comunes, personas sentadas alrededor de una mesa y momentos que parecían insignificantes mientras estaban ocurriendo.

Quizá no necesitemos llegar más rápido a todas partes.

Quizá necesitemos aprender a reconocer cuándo ya estamos exactamente donde deberíamos estar.

Porque existe algo profundamente contradictorio en pasar nuestra vida corriendo para conseguir una vida mejor.

Y no tener tiempo para vivirla cuando finalmente llega.

"El que creyere, no se apresure."
— Isaías 28:16 (Reina-Valera 1960)

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