Pulso interior
¿Esto de verdad es normal?
Que algo sea frecuente no significa que sea saludable, correcto o necesario. Cerramos “Lo que normalizamos” cuestionando aquellas costumbres que incorporamos a nuestra vida sin recordar cuándo decidimos aceptarlas.
Cerramos la serie “Lo que normalizamos” con una pregunta sencilla: ¿cuántas cosas aceptamos como normales únicamente porque las hacemos todos los días?
Nos acostumbramos a estar agotados. A compararnos. A sentir que debemos estar disponibles siempre. A llenar cada silencio con una pantalla. A convertir momentos privados en contenido, opinar sobre vidas que apenas conocemos, responder “estoy bien” cuando no lo estamos, vivir corriendo y medir el afecto por la cantidad de atención que recibimos.
Cuando algo se repite suficiente tiempo, dejamos de cuestionarlo.
Ese quizá sea uno de los mayores riesgos de la normalización. No necesitamos estar de acuerdo con una conducta para incorporarla a nuestra vida; basta con verla constantemente, practicarla durante suficiente tiempo y observar que todos alrededor parecen hacer exactamente lo mismo.
Pero frecuente no significa saludable.
Popular no significa correcto.
Y normalizado no significa normal.
Vivimos en una época extraordinaria. Tenemos acceso inmediato a información, personas y oportunidades que generaciones anteriores difícilmente habrían imaginado. Podemos trabajar desde prácticamente cualquier lugar, hablar con alguien al otro lado del mundo, aprender una habilidad desde el teléfono y construir comunidades alrededor de intereses compartidos.
El problema nunca fue avanzar.
El desafío es decidir qué queremos llevar con nosotros mientras avanzamos.
Porque también hemos permitido que la velocidad entre en lugares donde quizá no debería estar. Queremos respuestas inmediatas, resultados rápidos y disponibilidad permanente. Nos cuesta esperar. Nos cuesta aburrirnos. Nos cuesta desaparecer unas horas sin sentir que estamos perdiéndonos algo.
Y lentamente podemos terminar viviendo bajo reglas que nunca elegimos conscientemente.
Hay que producir.
Hay que responder.
Hay que mostrar.
Hay que avanzar.
Hay que estar bien.
Hay que tener una opinión.
Hay que mantenerse visible.
¿Quién decidió todo eso?
Quizá nadie.
Tal vez simplemente comenzamos a hacerlo porque los demás también lo hacían.
Por eso cuestionar lo normalizado no significa rechazar nuestra época ni vivir desconectados del mundo. Significa recuperar algo mucho más importante: la capacidad de elegir.
Elegir cuándo queremos estar disponibles y cuándo necesitamos silencio.
Elegir qué partes de nuestra vida queremos compartir y cuáles permanecerán privadas.
Elegir a qué personas escucharemos y qué opiniones dejaremos pasar.
Elegir cuándo necesitamos avanzar rápido y cuándo queremos caminar despacio.
Elegir qué significa éxito para nosotros antes de utilizar la vida de alguien más como referencia.
Y también elegir reconocer cuando no estamos bien.
Hay una enorme diferencia entre vivir por costumbre y vivir conscientemente.
La primera forma simplemente repite.
La segunda pregunta.
¿Por qué hago esto?
¿Realmente lo necesito?
¿Me hace bien?
¿Lo elegí yo o simplemente aprendí a hacerlo?
¿Qué ocurriría si dejara de hacerlo?
Algunas respuestas quizá nos incomoden.
Podríamos descubrir que ciertas obligaciones nunca fueron realmente nuestras. Que algunas expectativas fueron heredadas. Que mantenemos determinadas dinámicas por miedo a decepcionar. Que perseguimos metas que dejaron de representarnos hace años.
Y reconocerlo no significa que debamos cambiar toda nuestra vida mañana.
Los cambios importantes muchas veces comienzan de maneras mucho menos espectaculares.
Una notificación que decidimos no atender inmediatamente.
Una tarde que dejamos sin compromisos.
Una fotografía que guardamos únicamente para nosotros.
Una opinión que elegimos no publicar.
Una conversación donde finalmente respondemos con sinceridad.
Una comparación que detenemos antes de permitir que arruine aquello que hemos conseguido.
Un momento en el que simplemente dejamos el teléfono sobre la mesa y volvemos a mirar a la persona que tenemos enfrente.
Pequeñas decisiones.
Pero nuestra vida está construida precisamente de ellas.
Quizá dentro de algunos años observemos esta época y descubramos que muchas cosas que parecían absolutamente normales nunca lo fueron. Como ha ocurrido tantas veces en la historia, algunas costumbres cambiarán, otras desaparecerán y probablemente surgirán nuevas que también necesitaremos cuestionar.
Por eso el verdadero aprendizaje de esta serie no debería ser una lista de cosas que estamos haciendo mal.
Debería ser una pregunta que podamos conservar.
Una pregunta para nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestras redes, nuestras decisiones y nuestra manera de utilizar el tiempo:
¿Esto realmente me hace bien o simplemente me acostumbré a vivir así?
Porque no todo aquello que el mundo normaliza merece convertirse en nuestra normalidad.
Y algunas veces cambiar nuestra vida no comienza haciendo algo extraordinario.
Comienza atreviéndonos a cuestionar aquello que todos dejaron de cuestionar.
"Examinadlo todo; retened lo bueno."
— 1 Tesalonicenses 5:21 (Reina-Valera 1960)
Siguiente serie: Conversaciones que evitamos
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