Huimos de donde nos eligen

Huimos de donde nos eligen

Hay un dolor silencioso que repetimos sin darnos cuenta: cuando alguien nos elige de verdad, huimos. No porque no queramos amor, sino porque la elección nos desnuda la herida. Ser visto sin máscara activa alarmas antiguas: “no soy suficiente, me van a dejar, no podré sostenerlo”. Entonces saboteamos: enfriamos, peleamos por nada, posponemos, nos volvemos hiperindependientes. Preferimos la distancia conocida antes que la cercanía que nos confronta.

La base cognitiva del escape

El cerebro busca coherencia entre lo que creemos de nosotros y lo que el mundo nos muestra. Si por dentro cargo la creencia nuclear “no merezco”, la experiencia de ser amado choca con mi guion interno. Para reducir esa disonancia, activo atajos mentales:

  • Sesgo de confirmación: interpreto gestos neutros como rechazo.

  • Catastrofismo: “si me entrego, me rompen”.

  • Autocumplimiento: provoco micro-rupturas para “probar” que tenía razón.
    No huyo del otro; huyo de la amenaza de desmontar mi narrativa.

Infancia: el molde que no vimos

La evitación adulta suele nacer en la primera escuela del amor:

  • Cuidado intermitente: a ratos abrazo, a ratos silencio ⇒ aprendo que la cercanía es impredecible.

  • Vergüenza como disciplina: “solo vales si…” ⇒ amor condicional.

  • Emociones invalidadas: sentir = “débil/dramático” ⇒ me desconecto de mí.

  • Parentificación o caos: me tocó cuidar; nadie cuidó lo mío ⇒ hipercontrol.
    De ahí surgen guiones: ansioso (“suplico”), evitativo (“no necesito”), desorganizado (“te busco y te temo”). En la adultez, esos guiones se reciclan en parejas, trabajo y amistades.

Consecuencias del “huir”

  • Relaciones: intimidad superficial, romances que explotan cuando piden presencia; confundo paz con distancia.

  • Trabajo: perfeccionismo que evita feedback; éxito sin disfrute.

  • Crecimiento: proyectos eternos “en borrador”, terapia pospuesta, identidad en pausa.

  • Cuerpo y fe: insomnio, ansiedad, cinismo; espiritualidad de rito, no de encuentro.

El giro: aprender a tolerar ser elegido

La salida no es “dejar de tener miedo”, es entrenar el cuerpo y la mente para sostener la elección sin huir.

  • Nombrar el guion: “cuando me eligen, mi cerebro dice X; mi cuerpo hace Y”. Ponerle nombre baja la niebla.

  • Exposición segura a la cercanía: aceptar un halago sin devolverlo con broma; recibir ayuda pequeña; decir “me importas” sin explicar de más.

  • Reparar creencias con evidencias: registrar, por 30 días, pruebas de que la cercanía no colapsa tu mundo.

  • Límites y verdad: amar no es fusiones; es claridad. “Esto sí, esto no” protege la relación y a ti.

  • Trabajo terapéutico: modelos como apego, CBT, EMDR y terapia informada en trauma ayudan a reescribir memoria emocional.

  • Fe práctica: llevar a Dios la vergüenza y el miedo, no para ocultarlos, sino para alinear verdad y gracia: amor que corrige sin humillar.

Ser elegido no es una prueba que “debes pasar perfecto”; es un lugar para aprender. Si te han elegido y tu reflejo es correr, respira, di la verdad y da un paso pequeño hacia el encuentro. La madurez no elimina el temblor: lo convierte en coraje.

Versículo
“En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor.” — 1 Juan 4:18

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