Un ciclo se cierra, la huella permanece

Un ciclo se cierra, la huella permanece

Cerrar un ciclo nunca es sencillo. Aun cuando llega con la certeza de haber dado todo, el cierre duele. Duele porque el amor no desaparece con la despedida; cambia de forma. Se vuelve recuerdo, enseñanza, presencia silenciosa.


Hace una semana despedimos a mi mamá, sentí tristeza, sí, pero también una profunda paz. La certeza íntima de que hicimos lo que estaba en nuestras manos, de que el camino se recorrió con amor. Misión cumplida. Y desde ahí nace esta reflexión: cuando un ciclo se cierra bien, no deja vacío, deja legado.

La vida que sigue hablando

Una persona no se mide solo por los años que vive, sino por la huella que deja en los demás. Por lo que despierta, por lo que transforma, por lo que inspira, muchas veces sin proponérselo. El día de su partida y en los días posteriores, recibí llamadas y mensajes por distintas vías para solidarizarse conmigo y con mi familia. Algo llamó especialmente mi atención: la mayoría no hablaba de enfermedad, ni de despedida, ni de luto; hablaban de su sonrisa, de su alegría, de su capacidad de hacer sentir bien a otros.


Ahí entendí algo esencial: nuestro paso por esta vida puede marcar a otros incluso en los gestos más simples. Una conversación, una invitación abierta, una risa compartida. No se trata de grandes discursos, sino de presencia auténtica.

La alegría también es un legado

Mi mamá fue, ante todo, una mujer alegre. Y no una alegría ingenua, sino una alegría elegida. Incluso cuando la vida se volvió más difícil, ella padeció de demencia vascular y a pesar de la dificultad de su enfermedad, su forma de estar en el mundo seguía siendo luminosa. Sonreía, se arreglaba, conversaba, se movía, bailaba. La alegría, en su caso, fue una manera de resistir y de amar.


El día de su entierro la despedimos con canciones que a ella le gustaban. Entre ellas, una que siempre la hacía levantarse a bailar y contagiar entusiasmo. No fue un gesto de negación del dolor, sino una afirmación de vida. Porque honrar a alguien también es recordarlo como fue en vida, en el caso de mi madre: viva, presente, vibrante.

El cuerpo, la mente y el equilibrio

Hay una verdad que muchas veces olvidamos: la mente conversa constantemente con el cuerpo. Pensamientos sanos, emociones atendidas y vínculos cuidados construyen bienestar. No como una fórmula perfecta, sino como una búsqueda constante de equilibrio.


El movimiento, el deporte, la risa, el contacto humano y la sensación de pertenecer a una tribu —familia, amigos, comunidad— sostienen más de lo que imaginamos. Acompañan, amortiguan, dan sentido. El cuerpo resiente el abandono, pero también florece cuando se siente acompañado.


Mi madre fue un reflejo de ello. Disfrutó jugar básquetbol hasta los setenta años y participó en grupos de baile que mantuvo casi hasta los setenta y cinco. Su energía, su vitalidad y su deseo de seguir en movimiento fueron, hasta el final, una forma de estar presente en la vida. Se elevó a los ochenta y dos.

La importancia de la tribu

Nadie atraviesa los ciclos importantes de la vida en soledad. La red que tejemos —con amigos, con familia, con personas que aparecen en distintos momentos— es parte esencial de nuestro sostén emocional. La vida compartida no solo se celebra, también se sobrelleva mejor. Mi mamá supo construir vínculos. Supo abrir puertas, mesas y conversaciones. Y esa red, esa tribu, es parte de la huella que permanece.

Cerrar bien para continuar

Cerrar un ciclo no es olvidar, es integrar. Es reconocer lo vivido, agradecer y permitir que se transforme en aprendizaje. La tristeza puede convivir con la paz, y el dolor con la gratitud.


Hoy entiendo que vivir bien no es vivir sin dificultades, sino vivir con sentido. Dejar una huella amorosa, cuidar la mente, honrar el cuerpo, elegir la alegría cuando sea posible y sostener los vínculos que nos sostienen. Todo ello se enlaza con una dimensión más profunda: la espiritualidad como refugio, como guía y como certeza interior.


Mi madre tuvo una fe inquebrantable. No una fe rígida, sino una fe vivida, cotidiana, que se expresaba en su manera de amar, de servir, de confiar. Desde ahí aprendí que la espiritualidad no siempre se explica; se encarna. Es esa fuerza silenciosa que acompaña cuando las palabras ya no alcanzan y que permite soltar sin perder, despedirse sin romper.

Cuando un ciclo se cierra así, algo termina, sí. Pero algo más florece..

En tu honor querida madre,

 

 Dora Rut Galindo de Tenas-

 

Comentarios
Vianca

Que lindo, que profundo y una verdad. Descanse en paz doña Rut, la recordaremos y por siempre en nuestro corazón, misión cumplida amiga.

Vianca
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