El pingüino que caminó hacia la montaña: elegir tu ruta también es amor
No todo “quedarse cerca” es cuidado; a veces es una invitación a encogernos. La imagen del pingüino que gira y camina hacia la montaña nos recuerda algo incómodo: hay momentos en que seguir a la manada significa abandonar(se). Familias y amistades pueden amarnos y, aun así, pedirnos que no nos movamos “por nuestro bien”. El problema es cuando ese “bien” apaga el sueño, sofoca la voz y nos vuelve extras en la película de otros.
Elegir la propia ruta no es desprecio; es responsabilidad con lo que Dios sembró en ti: talento, deseo, propósito. La lealtad no debería exigir renunciar a tu identidad. Si tu sueño es mar y todos caminan tierra adentro, toca decidir: ¿protegemos la apariencia de pertenecer o honramos la verdad de lo que somos?
Ser “el que gira” tiene costos: dudas, miradas extrañas, silencios. Pero también trae ganancias que no se compran de otro modo: propiedad sobre tu vida, paz por coherencia y la posibilidad de amar mejor —sin resentimiento— porque dejaste de vivir dividido. Caminar distinto no es capricho si nace de convicción y se sostiene con hechos: límites claros, gratitud por lo recibido, respeto por quienes no entienden y avances pequeños pero consistentes hacia tu montaña.
Preguntas que ordenan el rumbo:
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¿Qué deseo mío he pospuesto “por el bien del grupo” y ya no quiero seguir aplazando?
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¿Cómo puedo honrar a mi gente sin traicionarme?
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¿Qué paso pequeño puedo dar hoy para que mi vida se parezca más a mi verdad?
No todo círculo que te retiene es refugio; a veces es jaula amable. La fidelidad más honesta comienza contigo: cuando eliges tu camino con carácter, tu amor hacia los demás deja de ser obediencia culposa y se vuelve presencia libre. Que esta temporada te encuentre caminando hacia tu montaña —no por rebeldía, sino por dignidad.
“Para libertad nos hizo libres Cristo; estad, pues, firmes y no os sometáis de nuevo al yugo de esclavitud.” — Gálatas 5:1









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