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CONOCES A LA QUE ESTA EN EL ESPEJO

Un día en una conferencia a la que asistí nos dejaron una tarea, debíamos hacernos la pregunta: ¿Realmente nos conocemos? ¿Sabemos quiénes somos? Parece ser una pregunta muy fácil de contestar; pero en verdad ya solas, ¿podemos responder con toda seguridad, sin titubear, sin pensarlo?

Me hice un té, jalé una frazada y me fui a sentar a una silla en el balcón. Dispuesta primero a hacerme la pregunta y después a encontrar la respuesta. Daba por sentado que la respuesta la tenía en la punta de la lengua, pero no había tomado en cuenta que debía de quitar todos los títulos, etiquetas y roles que había adquirido a lo largo de la vida.

Había pasado ya una hora y nada, entonces acudí a quien definitivamente me conoce aún mejor que yo, fui directo al fabricante, fui a Dios. Le pregunté, ¿quién era yo?, ¿qué miraba El en mí cuando me miraba? Me mostró una imagen, con los ojos cerrados, de la silueta de mi mamá embarazada de mí, pero ¿qué me quería decir con esa imagen?, no entendía. Pensé en ese momento que no podía ser alguien esperado, anhelado… ya que desde que era muy pequeña me enteré de que me le colé a un aparato de control de natalidad, eso me deja claro que no fui para nada planificada.

Desde entonces se clavó en mi corazón “el rechazo” y ahí vino mi primera etiqueta “la rechazada”, claro que a esa edad uno ni se entera, pero las circunstancias, la forma de demostrar amor son las minas que van quedando perdidas en el corazón y en la mente, para después explotar en el momento que algún recuerdo o acción las vuelva a activar.

Conforme fui creciendo, muy sola por cierto, ya que mis papás trabajaban todo el día y mis hermanos eran mucho mayores que yo y claro no tenían ni la gana ni el tiempo para prestarme atención; tuve que ingeniármelas para ser una niña normal, feliz y muy fuerte a mi manera. En lugar de volverme débil, introvertida o solitaria. Me convertí en todo lo contrario, era muy fuerte, extrovertida y muy sociable. Me podía comer el mundo yo sola, en un solo día. No le tenía miedo casi a nada o si le tenía no lo decía y actuaba. Así que ahí va la segunda máscara o etiqueta… Yo “soy fuerte y no necesito a nadie”.

Crecí y tuve un sinfín de peleas y castigos en el colegio, encima estudiaba en un colegio de monjas, donde todo era prohibido y era pecado. Primero empecé a quedarme castigada en “coro”, sin tener para nada buena voz, pero era una forma de dejarme castigada sin decirlo, después del horario normal del colegio. Me expulsaron y me pasaron a orquesta… no sabía ni tocar la flauta, entonces me dieron la pandereta.  Obviamente jamás le atiné al ritmo tampoco, entonces me dedicaba a molestar y como ya no había nada más que ponerme a hacer, me empezaron a dejar castigada los miércoles después de clases, haciendo investigaciones. Se me acabaron los miércoles en básicos, así que empecé a ir los “sábados” a continuar con el castigo y así nace mi otra etiqueta “Problemática”.

Conforme iba avanzando el tiempo, tenía menos idea de quién era yo esa tarde en el balcón. Ya había descubierto tres etiquetas pero que sabía que esas no me definían como persona. Eran solo eso, etiquetas. Entonces las dejé a un lado y dije: “bueno, empecemos a quitar capa por capa de lo que pienso que soy”:

Soy hija definitivamente no fui la mejor con mi papa, por su falta de interés por mí, me dediqué a llamar su atención de una forma muy negativa siendo “rebelde” lo cual no me trajo nada bueno, sino más bien se desentendía más de mí y causó varios problemas en mi corazón.

Soy hermana, aquí no hay nada más que decir, lo fui porque éramos hijos de los mismos papás. (durante mi niñez, adolescencia y parte de la vida adulta) gracias a Dios, hoy todo eso cambió.

Soy amiga, siempre tuve muchos amigos y trataba de encajar en todos los grupos que fuera posible, de eso me di cuenta hasta ese día del balcón.  Así como amigos tenia, así eran cada uno de diferentes; entonces tuve que ser de diferentes formas muchas veces para, según yo, ser aceptada.

Soy esposa, cómo me costó serlo, dejar a un lado esa vida de libertad, mi independencia, autosuficiencia y aprender a que ahora éramos dos. Me llevó muchos años entender y aceptar cuál era mi papel dentro del matrimonio y hacerlo con amor.

Soy mamá, el mejor rol que me ha tocado vivir, pero eso no quiere decir que fui la mejor de todas. Tuve que aprender a bajar los muros que había construido a través de los años, dejar a un lado lo aprendido y vivido y levantarme para romper todas esas cadenas que había venido arrastrando desde mucho tiempo atrás, mas bien desde que estaba en el vientre de mi mamá.

Soy trabajadora, muy buena por cierto, pero ahí era la que se me pedía en el trabajo que estaba, vestía como me pedían, me maquillaba como me pedían, hasta hablaba como me pedían.

Soy cristiana evangélica, Aquí si pensé “listo ya estoy definida” pero tampoco, porque eso es una religión que no me define, es más aquí también se dictan ciertas reglas de como se debe uno de comportar y pues me costó mucho encajar.

Entonces, ¿quién soy? ¿Me conozco realmente? Al final después de un par de horas de frío y de no moverme hasta descubrir quién era, escuché la voz de Dios (por ahí tuve que haber empezado) “Eres mi hija, te amo tal y como eres”. “No debes de cambiar, así te pensé, así vas a ser de bendición para mujeres”. No soy Rechazada, no soy autosuficiente, no soy problemática, no soy rebelde.

Tampoco soy solo hija, hermana, esposa, mamá, trabajadora o cristiana evangélica. Descubrí que “Soy una hija amada de Dios” y saben que no necesito nada más.

Les dejo paz y bendiciones.

Escrito por Rita Ambrosy

Escritora, Maestra de Pre Primaria y Hotelera.

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