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¿Dónde pongo mis emociones?

Por Lourdes López

¡Ese niño cómo llora! ¡Qué gritona es! ¡Silencio, deja de andar por allí contándolo todo!

¿Cuántas veces hemos escuchado a padres de familia decir estas frases a sus hijos? Muchas y muy seguido. Es tan común que ya no nos parece raro oírlo. Es más, hasta lo damos por hecho cuando escuchamos a un niño expresar sus sentimientos.

Debemos comprender que los seres humanos somos, por naturaleza, seres emocionales. Nos mueven los sentimientos. Dependemos de ellos. Somos seres que estamos motivados a través de las emociones.

Entonces, ¿qué ha hecho que se censure tanto la expresión emocional en los niños? Todas las personas vivimos en una comunidad y esta marca nuestro actuar. Es así como, el núcleo social más cercano, la familia, va determinando a lo largo de nuestra vida qué es correcto y qué no.

Si crecimos en una familia donde las emociones y su expresión es bien vista y hasta sano, seremos adultos que reconocemos que los sentimientos son importantes. Si, por el contrario, nuestro núcleo censura la expresión de estos, seremos adultos con dificultad para expresar nuestro sentir.

Y ¿por qué es tan importante que podamos expresar nuestros sentimientos? Como dice la frase “lo que el corazón calla, el cuerpo lo grita” Al guardar las emociones, estamos reprimiéndonos frente a muchas situaciones y, con el paso del tiempo, el cuerpo encontrará la forma de expresarlo. A esto se relaciona la ansiedad o estrés.

La niñez es una etapa de suma importancia para el aprendizaje. Lo que se adquiere en ella permanecerá durante el resto de nuestra vida. Es por eso por lo que criar hijos dueños de sus emociones es tan importante.

Una de las incógnitas más grandes de todo padre es ¿lo estoy haciendo bien? Muchas veces esta pregunta nos quita el sueño, nos provoca angustia y ansiedad y nos hace, incluso, sentir inseguros de nuestra paternidad. Ayudarle a los niños a ser dueños de sus emociones no es de la noche a la mañana, pero tampoco es un reto olímpico.

El primer paso es conocer que los niños expresan sus emociones a través del comportamiento. Ya tenemos un punto a favor, observar será suficiente. Para ello, debemos ser suspicaces en ver cómo nuestro hijo actúa. Las madres somos especialistas en esto. Tenemos el don de reconocer una actitud que nos pone en alerta.

Después de que la cabeza nos ha dado vuelta imaginando todo lo que puede pasarle a nuestro hijo, debemos ser realistas. Basarnos en la verdad y poner los pies en la tierra: escuchemos. Sí, escuchemos a nuestros hijos. Ellos gritan con acciones cuando quieren atención. No es necesario sacar el diván y tomar lápiz y papel para saber qué sienten. Es necesario priorizar un tiempo con ellos. Tomar un helado, salir a pasear al perro, jugar o leer algo puede ser la forma justa de conocer esos sentimientos.

Después que se nos ha partido el corazón o nos encontramos en una encrucijada de vida al conocer lo que nuestro hijo siente ¿qué hacemos? Personalmente, considero algo muy importante: ayudarle a nuestros hijos a reconocer el sentimiento. ¿qué es realmente lo que estoy sintiendo? Para ello verbalizar la emoción es importante. Preguntas como ¿y qué sientes cuando te pasa lo que me cuentas? ¿y qué piensas? ¿qué otras cosas o situaciones te hacen sentir así? De esta forma nuestros hijos sabrán que lo que sienten es normal y que pueden reconocer en ellos, que sus emociones son bienvenidas y dignas de ser vividas. Sí, debemos vivir una emoción para poder superarla.

Ya logramos que él reconozca la emoción que experimenta. Ahora ayudémoslo a saber qué hacer. La sociedad nos ha hecho creer que hay emociones que son negativas. Si bien, pueden existir, no siempre deberán ser negativas. Muchas de estas emociones, al experimentarlas, pueden impulsarnos a mejorar. Guiar el proceso de ¿qué hago cuando me siento triste? ¿qué hago cuando me siento nervioso o cuando siento miedo o inseguridad? lleva a los niños a reconocer en ellos la capacidad de resolver sus problemas y confiar en esa fuerza interna que más adelante los ayudará a salir de cualquier situación adversa que enfrenten.

Palabras mágicas de una madre o un padre que curan, que alienta, que entiende. Palabras que hacen que ese pequeño ser llegue a ser grande de corazón, de mente, de hecho. Es esto lo que un niño busca en un padre: guía y para ello es que hemos sido padres, para guiar. Así que de ahora en adelante ¡Llora hijo, llora si lo necesitas! Que después tu corazón sanará y sabrás dónde poner la emoción.

Lourdes López

Licenciada en Educación

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