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La lucha constante de las mujeres con su peso, te cuento mi historia

Desde los 7 años me llevaron a hacer gimnasia, no recuerdo si fue porque mi papá, un eterno atleta, fue el que le insistió a mi mamá que nos llevará a mis hermanos y a mí o si fue ella que nos miraba aburridos y peleábamos mucho. 

Lo que sé es que desde el primer día a pesar de que yo era una niña super introvertida y ver a esas niñas logrando tantas cosas con su cuerpo, me apasionó.  La verdad que fue apenas un corto tiempo que estuve en gimnasia, 1 o 2 años, debut y despedida. Mi mamá ya no pudo llevarnos y eso de ir en bus no fue de mi agrado y a un niño si le pones a elegir, no se complicará, así que fue mucho más fácil dejar de hacerlo.

Siempre tuve mis etapas de ejercicio, en la niñez, jugar con mis hermanos, bicicleta, patines, pelota, liga, escondite, tantos juegos sanos que ahora se han perdido los niños. Y sumado a que mi papá, todos los sábados nos llevaba a verlo jugar, ya sea fútbol, softbol y luego tenis, nos cultivó el deporte.

Tuve la oportunidad de entrenar por varios años con mi papá tenis, entre regaños y aplausos pasamos gran parte de nuestra adolescencia en ese bendito club de deportes Guatebanco. Amábamos ese lugar, podías hacer lo que quisieras, canchas de squash, piscina, golfito, básquet, voleibol, fútbol, caminar. Una época inolvidable, a veces íbamos solos, otras veces con algunos primos o amigos. Algunas veces divertido, otras aburrido, pero la opción era ir o quedarte en casa haciendo oficio así que mejor íbamos. Pero ello fue formando en mi corazón, en mi vida, esa necesidad, ese gusto, ese deseo por el ejercicio. 

En la adolescencia entre 15 y 17 años, comienza ese despertar de cuidar tu figura, tristemente ahora hay muchas niñas de 12 o 13 ya con trastornos de alimentación. Mi razón era mejorar mi autoestima y que en esa edad es aún más importante. Te comienzas a comparar con el cuerpo de tus amigas, de las personas que ves por televisión y ojalá algún chico te voltee a ver.  Y sumado a que empiezas a prestar más atención a esos comentarios sobre tu cuerpo o que le hacen a otros, marcando aún más. 

Y así, pasaba por lo menos una hora cada día viendo programas de ejercicio frente el televisor, con mis tambos de agua o usando esas viejas enciclopedias que me sirvieran de pesas, para iniciar mi rutina.  Admiraba a esas mujeres que con sus trajes de gimnasia se veían tan bonitas y delgadas, algunas otras un poco más musculosas. Y ahí estaba tratando de parecerme un poco a ellas, a manera de quererme, aceptarme, de darme un poco de valor, que definitivamente estaba careciendo. También porque no quieres estar en el grupo de las personas que estando un poco más llenitas, ves cómo se burlan de ellas, las humillan, las rechazan, yo no quería más de eso, tenía ya mis suficientes defectos según yo, que claramente los distorsionaba. Y el ejercicio era mi herramienta que (según yo) lo evitaría.

No hablo tanto de la alimentación, porque en casa comíamos muy sano, muy casero, para ese tiempo no habían tantos dulces, chocolates y postres, ni de comer tan seguido comida chatarra, por nuestra economía no había para darse tantos lujos, ahora puedo decir gracias a Dios por eso. Así que lo más cercano era comer el panito dulce todos los días. 

Yo siempre miraba mi pancita y la miraba abultada, todo lo demás bien, pero porque esa pancita no se iba, hasta 30 años después, descubrí que la harina es de los alimentos más inflamatorios y sobre todo del vientre, bueno, pero ese es otro tema. Y aún queriendo hacer 300 abdominales al día, nunca llegaba a tener ese deseado abdomen.

Comienza la vida adulta y sus etapas, que viene el noviazgo, el matrimonio, los hijos, la edad, sumando los problemas de la vida, escasez, enfermedad, peleas, etc., que me lleva a olvidarme de mi ejercicio, pues hay otras prioridades, pero no hay como voltear a ver tus fotos del pasado y ver que ya no eres la misma. Pues, aunque no llegue a una obesidad, si tuve un sobrepeso, que definitivamente, había que ponerle freno o mejor dicho a empezar hacer más consciente lo que en ese momento entendía sobre la comida.

Y vuelta de regreso al gimnasio, entre clases de spinning, yoga, pesas, natación, etc. Me lleva a encontrar un nuevo emprendimiento, un nuevo amor, abrir un gimnasio estudio, ahora box de crossfit. Toda la vida para llegar a ello y encontrarme que, como yo, cada mujer tiene su historia, tiene su raíz de esa imagen distorsionada de lo que quieren ser y nunca llegan a ello. 

Algunas han tirado la toalla o entran en negación sobre que nunca será posible, hasta que el doctor o el dolor las lleva a llegar a buscar ese peso saludable. Otras continuarán su batalla día a día, algunas que ya llegaron a su meta, pero no fue suficiente, entonces comienzan las cirugías, otras se ponen a dieta unos días, para encontrar que a los meses ya regresaron de nuevo a su antiguo peso, etc. Así que pasamos entre temporadas de pasar hambre, temporadas de agotar el cuerpo con ejercicio físico, o ya no prestar más atención y “ser libres” de comer lo que quieras, cuando quieras, donde quieras.

Pero descubres que tampoco es esa la salida, porque te lleva a enfermarte.  Entonces, ¿dónde está la respuesta?, bueno amiga, cada una tendrá que ir descubriendo sus razones emocionales, sus traumas, sus mensajes ocultos, sus pensamientos distorsionados y sanarlos. Tomar la decisión y tomar acciones para cambios de hábitos para finalmente llegar a la paz contigo misma. 

Espero encuentres y llegues a ello y cuando lo hagas compártelo con otras mujeres que como tú también están luchando.

Escrito por Mirza de Lobos

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