De Cabeza

Sin religión, gracias…

Por Rita Ambrosy

Tras 12 años en colegio de monjas, crecí pensando que todo era pecado, que Dios no tenía tiempo para alguien como yo, que Él tenía asuntos mucho más importantes que cualquiera de mis problemas o peticiones.   Aprendí que Jesús había sido crucificado y que solo era alguien que había nacido para sufrir y morir por mi culpa. Nunca supe historias lindas como que Él era de un gran corazón o que había caminado junto a las personas comunes y normales de ese tiempo y había sentido lo mismo, había sido tentado de la misma forma que todos nosotros, que había sentido miedo, enojo, felicidad.  Me enseñaron simplemente que nació, vivió 33 años y lo crucificaron, porque así había sido planificado.

Sólo podía acercarme a Dios a través de su madre María, y nunca podía saltarme esa línea de comunicación y recuerdo que siempre que rezábamos en el colegio a la hora de salida o entrada, supuestamente debía de sentir algo, pero jamás lo llegué a sentir.  No sentí cercanía, no sentí su presencia, no sentía nada más que aburrimiento y desesperación.  Era repetir y repetir muchas palabras que al final de tanto repetir me las aprendía de memoria y las decía puro loro, sin sentirlas, sin hacerlas mías.

Tal vez mi personalidad jamás iba a poder adaptarse a los cánones establecidos. Tal vez era mi personalidad rebelde o los rollos que ya estaban en mi corazón.  Estando en primaria recuerdo que me llevaron a la psicóloga del colegio porque decían que tenía algún problema, debido a mi comportamiento rebelde.  Hasta hoy no sé si sirvió de algo el haber ido a esas reuniones o no, porque la verdad no cambió nada. Las queridas monjas jamás me preguntaron ellas personalmente cómo me sentía. Prefirieron tacharme de problemática, a tomarse el tiempo de ver cómo estaba mi corazón.  Eso es lo que piensa mucha gente, que ellas tienen un gran corazón y son muy buenas.  No digo que todas sean malas, pero creo que ellas como cualquier ser humano tienen sus propios problemas y asuntos que cargan a cuestas.

Logré salir de la cárcel… perdón, del colegio después de 12 años de estar casi recluida en ese lugar.  Era libre, cambié a Monjas por hombres en el nuevo colegio (jajaja) y me di cuenta de que no todo era pecado, que era normal, que así era el mundo.  En fin, fueron 3 años muy alegres y me logré graduar de maestra.

Empieza mi vida de adulto y con ella no se hicieron esperar los problemas y malas decisiones. Creo que allí confirmé que aquellas reuniones con la psicóloga, de cuando era chiquita, no habían servido de nada.  Estaba tan lejos de Dios. Escuchaba de Él sólo los domingos y muy eventualmente, porque no había comenzado o continuado con la relación de aquellos 12 años; no sabía cómo era tener una relación con mi Padre celestial o con Jesús o con el Espíritu Santo. Jamás me enseñaron, ni en mi casa, ni en el colegio.

Era más fácil pedir perdón (si es que lo hacía) que actuar como debía de actuar.  Era más fácil ponerme una máscara diferente en cada situación y tiempo, que yo amarme tal y como era. Era más fácil estar lejos de aquel Dios ocupado, que correr a Él y buscar consuelo o amor.

Luego, por cuestiones de la vida, paré en una iglesia Cristiana Evangélica y la verdad era justo lo que en ese momento necesitaba mi corazón y el de toda mi familia.  Aquí en este tiempo ya estaba casada con 2 hijos y vivíamos uno de los peores momentos de nuestra historia.  Allí conocí a un Dios que, SI me amaba, que tenía tiempo para mí y encima de todo me respondía con amor. Me presentaron a un Jesús que era super buena onda, que era amigo, hermano, compañero. Que fue tan humano como yo, que podía tener una relación directa y que no necesitaba de intermediarios para hablar con Él. Podía hacerlo personalmente.  No tenía que estar en una iglesia en un horario específico, sino más bien lo podía hacer 24/7, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.

Lo mejor de todo es que ellos (Padre, Hijo y Espíritu Santo) me amaban, me aceptaban y con ellos aprendí a hacerlo yo misma.  Entendí que mientras caminaba cuando niña, luego de adolescente, de adulto, de esposa y de mamá y no haber abierto las puertas de mi corazón para que ellos vivieran dentro y permitir que me guiaran, aunque a veces doliera, no me dirigía a ningún lado. Solo flotaba sin dirección encontrando muchas piedras en el camino.

Dentro de la iglesia me enseñaron a buscarlo en la palabra, en Su palabra que es la Biblia.  Desde ahí es uno de los lados donde Ellos me hablan y cuando yo les platico abiertamente, sin intermediarios, podemos tener una relación íntima, directa. La iglesia evangélica fue el lugar donde Dios me llevó para que nos conociéramos y ahora puedo decirles que no tengo una religión… yo tengo una relación de hija y Padre, de hermana y hermano. Me siento plena, feliz, en paz.

No necesito a un pastor para poder hablar con Dios, puedo hacerlo directamente.  No necesito reglas impuestas por el hombre, tengo a mano la biblia donde Dios me dirige y guía. Me gusta mucho más la iglesia evangélica, pero solo como un lugar para congregarme y crecer rodeada de más personas que como yo, van a buscar a Dios, van a buscar su amor, su perdón, su afirmación.

Así que…Sin religión gracias.  ¡¡¡Ya tengo una relación!!!

Si ustedes gustan, yo se los puedo presentar.

Les dejo paz en sus corazones.

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Rita Ambrosy Valenzuela Escritora,

Maestra de Pre Primaria y Hotelera.

FB: https://www.facebook.com/ambrosyrita

IG: https://www.instagram.com/ritaambrosy

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