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Esos son otros 20 pesos

Por: Rita Ambrosy

¡No es lo mismo decirlo que vivirlo! ¡No es lo mismo verlo venir, que vivir con él! Cuántos de estos dichos hemos escuchado o conocemos, incluso utilizamos mucho en nuestro diario vivir. Mi mamá era literalmente la madre de “los dichos” y pues aprendí a usarlos como parte de mi vida.

Pero si nos detenemos y los analizamos, cosa que se puede solo cuando estamos en una situación que realmente te lleva al limite de tu propia capacidad.  Solo cuando estamos al borde de todo y de cualquier cosa siempre o muy seguido, es cuando realmente entendemos esos significados.  Es cuando nos damos cuenta de que ciertamente tienen un verdadero significado y que no fueron armados por un grupo de palabras sueltas sin sentido.

Entendí estos dichos de una forma muy, muy dura.  Todo empezó hace mas de 2 años, mi vida estaba prácticamente arreglada.  Tenía según yo, una relación muy cercana con Dios, con Jesús y con el Espíritu santo, pero que lejos estaba de la realidad. Conocía a Dios como mi Padre celestial, a Jesús como alguien quien me amaba mucho y al Espíritu Santo como esa vocecita (que antes le llamaba “La Loca”) pero que después de un tiempo supe que se llamaba E. S. y que era quien me guiaba y protegía de tomar malas decisiones, aunque la verdad no siempre le hacia caso, pero eran menos, las malas decisiones.

Los conocía “literalmente”, en libros y algunas veces Dios sí se dejó sentir más familiar. Pero nunca como estos últimos 2 años.  Se encargó de presentarse El y las otras dos personas restantes de la Santísima Trinidad en mi vida, de una manera apabulladora. Era imposible no saber y sentir que estaban ahí y que juntos me estaban dando la “lección de mi vida”.

Muchas veces cuando queremos ayudar a alguien o estamos orando por esa persona le decimos no tengas pena “no estás sola, Dios está contigo” es bien fácil decirlo cuando uno no está pasando la mayor de las pruebas. Porque cuando estás ahí, lo que menos sientes es la presencia de Dios. Sientes muchas cosas, menos a Dios. Porque no te explicas, como es posible que esté contigo en ese momento, si lo único que sientes es morirte.

Después de perder mi casa, nos mudamos a una nueva casa, a alquilar nuevamente.  Pero no importaba, todo estaba bien.  Igual había muchas personas en esta situación o peores, gracias a la Pandemia. A los meses de estar en la nueva casa iniciando una nueva etapa, ya con mi hijo fuera de la casa, estudiando lejos. Había tenido que vender mi carro para poder hacer unos pagos, pero también estaba bien.

Mi esposo pierde su trabajo y esto solo se vino a sumar a una lista de perdidas, que no nos dieron tregua para poder hacer el duelo por ninguna de ellas. Pensamos que esto no iba a durar mucho, que sería pasajero, porque mi esposo era muy capaz de conseguir otro trabajo rápido.  Me pregunto si en algún momento le pregunté esto a Dios o solo lo dí por sentado que así sería. La cosa es que esta prueba duró 1 año, un largo y duro año lleno de pruebas, miedos, dolores y muchos aprendizajes.  En ese entonces conocía como dije antes a Dios como mi Padre, pero solo de palabra.

En estos 12 meses tuve a mi verdadero Padre a mi lado, en mi casa, en mi mente, en mi corazón. Porque no hay otra forma de explicar lo que pasó en ese año.

Sin el ingreso fuerte de mi esposo y el único que había en la casa, no teníamos para pagar. Los ahorros se acabaron a los pocos meses y de repente nos vimos sin nada. Jamás dejamos de clamar y buscar a Dios, pero no voy a mentir…como costaba encontrarlo. Mi hija y yo empezamos a pensar cómo podríamos ayudar a generar ingresos para ayudar en algo. Iniciamos un emprendimiento de venta de Panes de banano, que con el tiempo fue creciendo y empezamos a cocinar otras cosas. Hicimos una especie de Cupcakes de elote y de Rellenito y eso empezó a generar un ingreso, que ayudaba a comprar o pagar ciertas cosas. 

Nos dimos cuenta de que no era suficiente, que no alcanzaba y empecé a hacer algo que lo hacía en mi casa solo para nosotros, porque me gustaba. Empecé a restaurar muebles a recuperarlos y eso generó otro ingreso más que contribuía a la economía de la casa.  Pero seguía sin alcanzar y mi esposo, no encontraba trabajo. 

Para todos fue muy difícil, mi esposo tuvo que guardarse su orgullo y empezar a trabajar desde abajo.  Recibiendo ni siquiera la quinta parte de lo que ganaba anteriormente, pero teníamos que comer y pagar todos los gastos. Aun así, no alcanzaba, no le llegábamos al presupuesto mensual de la casa.  Pero lo que quiero compartir y que creo que fue el mayor de los aprendizajes, fue ver y vivir “la provisión divina” día a día en mi casa, fue ver como llegaban ángeles enviados por Dios y nos llegaban a dar justo lo que no alcanzábamos a cubrir mes a mes, que muchas veces fue la comida u otros gastos básicos.

Cuando uno dice a otra persona, “no te preocupes Dios es tu proveedor”, decirlo sin haberlo vivido no tiene mucho sentido, pero decirlo porque lo probé de primera mano es muy diferente. Porque hubo meses que literalmente no había de donde sacar ningún ingreso, Dios permitía que llegáramos al limite para que solo y exclusivamente pudiéramos depender de El y de nadie más. Ahí fue donde conocí a Dios mi proveedor y pude aprender además a descansar confiadamente en El.  Eso es otra cosa, decimos muchas veces “descansa en Dios”, pero no tenemos idea muchas veces lo que es descansar en El. Descansar es no hacer nada, es no estar dándole vueltas al asunto y confiar que Dios tiene un plan para ese problema, El ya tiene la solución. 

Así mes a mes pudimos pagar todo, Jamás dejamos de comer, ninguno de los 3 tiempos de comida. Teníamos gasolina en el carro, agua, luz, teléfonos, cable, celulares, Spotify y el pago mensual del colegio de mi hija. Hasta algunas veces pudimos salir a dar alguna vuelta fuera de la casa y pasear. ¿Cómo lo hicimos? Lo único que puedo decir es que fue gracias a la “Gracia y misericordia de Dios”, no hay otra explicación. Claro fue un año de encierro, prácticamente, de días de sentirme que me volvía loca, de silencios interminables.  Pero hoy entiendo de que esos tiempos aparentemente en silencio, eran tiempos en los que Dios estaba trabajando en nuestros corazones. Estábamos creciendo en fe, estábamos creciendo como sus hijos. Estábamos preparándonos para algo grande que está por venir.

A un par de meses de estar trabajando ya mi esposo, no en lo que él esperaba, pero con un mejor trabajo al fin. Nos da covid a toda la familia. Nos tocó duro casi a todos, pero de los 4 la peor fue mi hija la mas pequeña. A ella le quedó una secuela que la verdad me asustó mucho y que pintaba ser algo muy grave. Pero que nuevamente gracias a la misericordia de Dios, ya esté en tratamiento y por fe sabemos que “quien empezó la buena obra en ella, la terminará hasta perfeccionarla”. Así que les digo nuevamente vivir todo este proceso, atravesar este desierto, estar sobre la barca en medio de una dura tormenta.  Eso… son “Otros 20 pesos”.

Les dejo paz.

Por: Rita Ambrosy – Escritora, Hotelera y Maestra

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