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Una vida entre letras…

Escribir ha sido una terapia desde que tengo memoria y de eso, hace varios años ya. He de confesar que los números y yo no éramos muy amigos, llegamos a tener una convivencia sana y necesaria pero nunca me apasionaron como las letras.

En mi columna anterior relaté como mis maestras me motivaron a redactar y a cuidar la ortografía (dos competencias invaluables), pero esas ganas de escribir me han marcado como un mecanismo de expresión y de terapia para enfrentar tantas situaciones no tan positivas.

Me acuerdo que cuando estaba en los básicos para una mañana deportiva en el colegio propuse el nombre del juego (una venta de rosas para los enamorados): “Más que una rosa”; podrá ser una frase medio cursi pero que al final logró su cometido, llamar la atención y recaudar los fondos para nuestro proyecto estudiantil.

En esa misma etapa cuando empezaban los romances de manita sudada, esos que muchas veces eran más por correo (cartas enviadas a esa personita por la que nos latía fuerte el corazón y nos hacía sentir mariposas en el estómago), a través de una amiga o prima; una que otra amiga y compañera que ya tenía su peor es algo, me pedían que le escribiera algún poema a cambio de una galleta o chocolate. Pasé a ser la transmisora de sus emociones y sus sentimientos, escuchándolas primero para luego plasmarlo en trozo de papel.

También escribí en mi diario los acontecimientos de aquella época hasta mi primera decepción amorosa, lejos estaba de conocer el profundo significado de esa palabra y sentimiento.

Ya en la Universidad me encantaba la clase de periodismo radiofónico y de locución porque me permitía explorar mi lado creativo al redactar guiones de radioteatro con sus respectivos personajes, escenas y drama.

Por cierto, el drama me acompañó un buen trecho de la existencia y fue en la escritura que encontré una válvula de escape. Por ejemplo, la segunda vez que me rompieron el corazón de una forma cruel, le escribí un correo electrónico al sujeto en cuestión, dejándole claro que su respuesta poco me importaba (a sabiendas que no se iba a pronunciar), más bien lo redacté para procesar la situación. Esta acción me ayudó a digerir el momento y con el tiempo darle vuelta a la página.

Hasta que un buen día empecé a escribir un Diario de Bienestar, en el que llevaba un registro de emociones, que decidí tomar la vida como viene, con sus altas y bajas, sus momentos generosos y los que nos obligan a replantearnos qué estamos haciendo. Fue justamente allí, al leer cada una de esas notas que comprendí que la vida sin drama es mejor y la opción más saludable para sobrellevar los vaivenes de esta travesía terrenal es la gratitud; abrir los brazos para soltar tantas experiencias y abrazar el aquí y ahora, tratando de ser consecuente.

Cada palabra tiene un sentido, una oración encierra un mensaje, el tono y manera con que los empleemos nos dictan una pauta de convivencia. Ahora sé que las letras se atrincheraron en mi cabeza y en mis manos para plasmar ideas, conceptos y se han materializado en una profesión que me ha permitido ganarme el sustento dignamente.

Entonces afirmo y reafirmo que a la fecha las letras han sido una fiel compañera, un canal de expresión y la manera que he empleado para desahogarme frecuentemente. Este espacio representa ese tiempo que me tomó para dejar que mi cerebro y corazón se vinculen para dar rienda suelta a artículos que nacen de mi ser.

Escrito por: Patricia Orantes Alarcón Comunicadora Social

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