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Yo no tengo papá

Por: Leo L. Torón

Hace 40 años ser hija de una madre soltera era todo un estigma, tenía solo un apellido, en ese momento la Ley no me permitía tener dos apellidos, luego el papá de mi hermano me dio el suyo.  

Mi papá por razones que no voy a tratar acá no podía reconocerme como su hija, y tampoco figuraba mucho en mi vida. 

Sin embargo, no me faltó papá y mucho menos amor. Mi abuelo materno suplió los primero años de mi vida esa figura paterna, era a él a quien veía rasurarse para ir a trabajar, fue el quien de la mano me iba a dejar al colegio donde estudié párvulos. Era a él a quien mandaba a rasurar porque su barba picaba.

Tendría unos 12 años cuando unos niños me decían perica en la calle, por el color del uniforme, estaba de lo más entretenida tirándoles piedras cuando aparece mi abuelo en la esquina, ya me sentía la más regañada del mundo, pero cuando llegué a la mi casa, no mencionó el incidente. Me sentí salvada (seguramente no me vio),  cual no sería mi sorpresa cuando años después el recordó el incidente, lo presenció completo y reía a carcajadas al recordarlo, se sentía orgulloso que fuera aguerrida, que no me dejara.

Era un señor elegante, siempre con su traje y su boina negra, un intelectual, un profesor universitario, estudioso y trabajador. Tenía olor a Old Spice, disfrutaba comer, la música clásica e ir al cine. El me amaba, me amaba profundamente, “es como una rosa de castilla” fueron sus palabras al conocerme, quedo prendando al verme. Al escuchar la canción de Topo Gigio: “Como mi papá” es su imagen la que llega a mi mente. Mi abuelo estuvo siempre allí para mí, cierro mis ojos y puedo ver su sonrisa y su mirada llena de amor.

Cuando estaba en 6to primaria, empecé una cruzada, yo quería conocer a mi papá (ya lo conocía y tenía el recuerdo lejano de el), pero yo quería que mi mamá me llevara con mi papá. Ella me dijo que no, seguramente la volví loca, recuero que insistí mucho ella me dijo años después  que cedió porque le dije: “Tú no sabes lo que yo siento porque tú si tenés papá”. Y mi madre….  ¡me llevó!

Con argucias de ambas, pasé una semana con mi papá. Después de esa semana, empezó mi relación con mi papá, pasaba con el 2 semanas al año, Semana Santa y una semana para vacaciones. Tomaba un bus extraurbano, hacia el pueblo donde estaba y  nos fuimos conociendo. 

Lo se, parece poco tiempo pero es el tiempo que no nos tocó, y ambos lo disfrutamos. 

De él aprendí que no pasa nada si se rompe un plato. Estando es su casa quebré un plato, no sé qué cara me vio, pero se acercó a mí, me vio a los ojos y me dijo: “De donde salió ese plato hay muchos más, no se preocupe”.

Solía conducir a 80km por hora y leía todos los carteles del camino, para él llegar a la habitación de un hotel era el sinónimo de descansar, fuimos a Panajachel, yo quería estar en el lago, el vio el lago por unos minutos, con las manos en su espalda y entró a la habitación a escuchar un partido de fútbol. Preparaba las mejores sopas de sobras, hacia postre de café cada vez que yo llegaba, porque sabía que me gustaba, en fechas especiales hacia una ensalada holandesa con manzana.  Amaba el fútbol, no importaba de que partido fuera el, lo veía y lo disfrutaba, era trabajador y disciplinado.

Todo el tiempo encontraba partes de él en mí, la uña (casi inexistente) del dedo pequeño del pie, los pelitos de los brazos, también sabía ver a mi madre en mí. Y es que… ellos se amaron mucho y yo sin duda fui concebida como fruto de un amor profundo.

Quería conocerlo y tuve la oportunidad de hacerlo, por eso estoy agradecida del tiempo que compartimos. 

Primero falleció mi papá y unos años después falleció mi abuelo.  “Yo no tengo un papá, yo tengo dos y una parte de ellos vivirá dentro de mí, mientras dure mi existencia”.

Esta es una anécdota con invitación, las familias son como son y así está bien, son las que necesitamos para crecer, para que nuestra alma viva la experiencia que le toca vivir en este mundo. Todos somos humanos, la familia perfecta no existe.

Claro que podría ver a mi padre desde el reclamo, pero yo decido verlo desde el amor, el amor que recibí de él.

Por: Leo L. Torón

Química bióloga

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